REVISTA DE PSICOLOGIA -GEPU-
ISSN 2145-6569
IBSN 2145-6569-0-7

   
 
  JACQUES LACAN. INCONSCIENTE, DESEO Y LA (A)- ALTERIDAD

JACQUES LACAN 
INCONSCIENTE, DESEO Y LA (A)- ALTERIDAD
 
 

Iván Alcaide Troncoso

   

Universidad del Aconcagua / Chile
 

 

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Iván Alcaide TroncosoUniversidad del Aconcagua. San Felipe, Chile.

 

 
Recibido: 23 de Marzo de 2013
Aprobado: 18 de Febrero de 2014
 
Referencia Recomendada: Alcaida-Troncoso, I. (2014). Jaques Lacan. Inconsciente, deseo y la (a) alteridad. Revista de psicología GEPU,  5 ( 1), 157–184.   

Resumen:
 En este texto se intenta rodear de manera sensible algunos tópicos de la teoría lacaniana. La idea aquí incrustada  busca rescatar de la superficie, la profundidad de un autor que a pesar de su muerte en un registro real, la novedad de su lectura nos hace mantenerlo vigente, con letras innovadoras, que caminan por una continua resignificación de su pensamiento, donde la diferencia en tanto singularidad, genera invención en lo repetido, por ende la universalidad de sus conceptos se transforman ineludiblemente en cosificación de la letra. El camino del texto transita por algunas ideas gravitantes acerca de la madre como articuladora de lo imaginario, pero también de alguna manera su  asociación a lo simbólico en el acontecer de la vida de un cachorro humano. En este devenir la madre trabaja por la unificación del caos pulsional y la prematuridad que anida en los primeros tiempos de un ser humano, esta característica de unificación y cierre es representada por ciertas habilidades maternas en relación con su bebé, una de las principales características que entregan unificación y sacan al cachorro humano de ese estado de fragmentación originaria al pensar de Winnicott y también de Lacan, es principalmente el reflejo de la mirada de la madre. Luego de esta idea que pende entre la madre y su hijo desde lo dialectico de esta relación, se describirá como se introduce la función del padre en tanto tercero que mediatiza este vínculo paradisiaco entre madre-hijo, y como éste interrumpe con su presencia la continuidad existencial que existe entre esa madre y su bebé, irrupción que a la vez de ser dolorosa también es necesaria para la subjetivación del niño. En otras palabras, es como el lenguaje en tanto corte se articula en sus inicios como el término de la felicidad ilusoria de una relación bipersonal, que es atravesada por una Alteridad que nos hace ser y nos aliena en ese remolino arbitrario de fonemas que se denomina lenguaje. Como máxima de este texto podemos comprender, que él sin-sentido del lenguaje es el verdadero sentido del decir, solo de esta manera podremos escuchar en la superficie del dicho, un decir que si somos responsables como terapeutas, podremos advertirlo para ayudar a ese otro que de alguna manera demanda serescuchado.

Palabras Clave: Lacan, Estadio del Espejo, Identificación Primordial, Metáfora del Nombre del Padre, Ley.
 
 

 


Dedicatoria: A mi compañera Jesús, por iluminar los espacios grises



 

INTRODUCCIÓN


 

“Con los brazos y las piernas estrechamente atados con sólidos lazos por gente que no comprenderán vuestro lenguaje […] porque aquellos que os atan no comprenderán vuestra lengua, como tampoco vosotros los comprenderéis”

 

- Leonardo Da Vinci

 


 

"Si usted ha comprendido, seguramente está equivocado"              

 

            - J. Lacan


Este artículo intenta esbozar ideas asociadas a la intrincada concepción estructurante del complejo de Edipo en la psiquis de la cría humana, pensamiento que retoma Lacan para releer a Freud. Al igual que el padre del psicoanálisis, este autor sitúa de relieve la concepción paternante del psicoanálisis (falo céntrica), que tiene como eje resaltar el concepto de estructura y de falo como significante primordial dentro de ésta, “la preponderancia del falo significa que la evolución sexual infantil y adulta se ordena según la presencia o ausencia de este pene imaginario-denominado falo- en el mundo de los humanos”. Con la idea de falo y estructura, lo que se expone dice relación con entender el falo como la representación psíquica alzada a partir de un segmento somático del cuerpo, a saber, el pene. El falo es el organizador de la sexualidad y el balizador de la relación madre-hijo como revisaremos, es el significante, por el cual el niño logra entender que la relación con la madre no será eterna y en tanto, es el significante que instituye  la demarcación que divide el universo de la sexualidad siempre insatisfecha para el neurótico, por no concretarse la relación simbiótica incestuosa entre madre-hijo, y por otro, abre hacia el empuje del goce que busca ese absoluto de ésta anhelada unión.

 

Resumiendo, el significante falo coarta el incesto que nos lleva a entender el deseo como algo siempre insatisfecho, que propende al goce y a la búsqueda de lo inalcanzable en esta vida, a saber; la unión sexual mítica del hijo con la madre.


La concepción de estructura en psicoanálisis inevitablemente acarrea o distingue a la función del padre o un sustitutivo que haga sus veces, como imago esencial en su construcción (es él el que posee el falo). Para que exista estructura se requiere que el proceso por el cual se construye ésta, tenga un orden instaurado por alguna forma de la ley. En estos términos, la ley sería portadora de la función del padre en la consolidación de dicha estructura. Para entender la formación de la estructura en la cual el padre enuncia la separación madre-hijo, este padre se entiende más bien desde la función de padre, más que de lo concreto del concepto, vale decir, la madre es la que escenifica la presencia - ausencia de la función paterna, es la idea de que hay algo más allá de la relación del niño con su madre, la función del padre es ese lugar más allá de la misma madre, pues este lugar Otro, es el espacio que le hace referencia al bebé que el mundo no empieza ni termina en él. Parafraseando a Winnicott, podríamos decir, que la madre creativamente le muestra que hay una red simbólica que atraviesa la relación imaginaria de ambos, en este sentido, cabe hacer la salvedad que esta red simbólica en tanto cultura, este autor la diferencia de Lacan, puesto que si el primero piensa que dentro de la cultura están las tradiciones y el folclore propio de lo externo al yo, este sitúa la tradición-cultura en un espacio donde anida la transicionalidad, y esta, tiene que ver con una experiencia de continuidad que entrega lo transicional con respecto a la primera relación con la madre. En cambio Lacan, entiende lo cultural como una red simbólica, donde el lenguaje atraviesa al sujeto en su intimidad y por el contrario a la continuidad, el lenguaje tiene la función que en el acto de hablar produce una pérdida de la relación de continuidad entre madre-hijo, el lenguaje genera cortes que fundan diferencias, que consecuentemente traen discontinuidad en la existencia. Si Winnicott entrega a la madre el lugar de la continuidad y la posible experiencia de transición entre el afuera-adentro, Lacan refiere que dicha continuidad debiere ser rota por la función del lenguaje que se introduce externamente, este lenguaje que viene a separar a la madre y su deseo con ese hijo, y a ese hijo con la identificación del deseo de la madre, lo que hace en esa separación de deseos, es generar diferencias y para que exista diferencia tiene que haber discontinuidad.  No obstante lo anterior, los dos autores piensan que la existencia, en tanto ser impersonal, ese algo más acá o más allá del yo, está dado por algo que es aportado desde fuera, por ejemplo, para Winnicott el lugar del ambiente es homologable al sujeto de lo inconsciente lacaniano, por tanto son excéntricos al yo, donde la estructura se origina desde una descentración ambiental en el caso de Winnicott, cultural en el caso de Lacan.


Para esta lectura de Lacan, de alguna manera, es como que el padre portara el nombre de dicha estructura. Esta, siempre está siendo entendida desde la óptica lacaniana, por ejemplo, como una consecuencia de un corte, vale decir, con lugares que generan diferencia, por tanto, para que exista estructura hay que poner en juego estos términos: Ley-Corte-Diferencia,  propios del complejo de Edipo y del deseo de reconocimiento que se anuda en el mismo. Estos conceptos teóricos dan mayor énfasis a la función paterna sin anular por supuesto  la función de la madre, sino más bien  teorizando simplemente desde otro lugar, que al igual que la ley  genera diferencias. Sumado a lo anterior la imagen del padre en estas teorizaciones de estructura, remiten a un retrato de una instancia que interrumpe la continuidad de la existencia madre-hijo, realizada por un corte que establece diferencia en los elementos de dicha estructura  y que se asocia a la entrada de la cría humana al lenguaje (universo simbólico), y en consecuencia su salida de la posición de objeto en relación con el deseo de la madre y el ingreso al estatuto de sujeto, mediante lo que Lacan llama la metáfora paterna. En pocas palabras, las ideas de este texto caminan por la consolidación y la salida de la cría humana de la relación simbiótica incestuosa, natural  y fundante con la madre luego de su nacimiento, por la apertura hacia la cultura, que conlleva la identificación con la masculinidad o la feminidad y por otra, comporta una pérdida de goce que sitúa al sujeto en relación con su deseo, que siempre al igual que la metáfora remite a otra cosa. En otras palabras, podemos pensar que dentro de las configuraciones familiares encontramos por un lado y en los rudimentos de la existencia la función que determina las relaciones con la madre desde una perspectiva natural, es decir biológica, donde se encuentra arraigada la naturaleza animal y el instinto materno que sustenta en las primeras etapas de la vida la relación de la cría humana con la madre y, por otro lado, el lugar de la cultura y lo social, relacionado con el padre, entendiendo a éste como bypass en este paso de lo natural a lo social-cultural. No obstante, en este texto se impone la idea de que la madre a la vez de ser un agente asociado a lo biológico-natural, también está dentro del registro de lo simbólico-cultural en el ingreso de la cría al lenguaje.


Para darle vida a la idea de este texto, no podemos dejar de mencionar algunos antecedentes históricos que hace cuarenta años hicieron que Lacan se convirtiera en el centro de la Teoría Psicoanalítica en Francia, y de ahí se propagó a países europeos, exceptuando Inglaterra, y posteriormente Estados Unidos, donde su influencia fue casi invalidada. “Como toda teoría, sirvió para estudiar nuevos problemas y también, lamentablemente, como bandera política […] luego de la muerte de Lacan, la lucha por su herencia desencadenó batallas violentas entre fracciones rivales. La escuela Lacaniana está actualmente bastante fragmentada”. Con estas frases podemos vislumbrar la capacidad de Lacan para poner en cuestión la visión que rompe con el psicoanálisis vigente, y que él denomina un psicoanálisis que se acerca más a una psicología general (Hartman y la psicología del yo) que al psicoanálisis, como práctica de la palabra y del inconsciente. La obra de Lacan conmueve por su nivel abstracto teórico, vale decir, en su ámbito metapsicológico, donde los conceptos son reformulados al nivel tal de tomar un sentido nuevo y actualizado en la temática interna de la construcción de saber en la teoría y clínica psicoanalítica. Lacan amplía la filiación de la disciplina psicoanalítica con otras corrientes de pensamientos que antes no tenían una asociación al saber del psicoanálisis,  como lo son  la  Filosofía, la Antropología y la Lingüística. 


Muchas veces por lo heterogéneo de la teoría Lacaniana, esta se presta para malas comprensiones y, por qué no, para charlatanería de aquellos que no comprenden a Lacan y que por eso mismo no son capaces de cuestionarlo. Desde esta visión y parafraseando a Nasio. Podemos entender que la lectura o mejor dicho la comprensión de un autor, tiene más bien que ver con re-inventarlo que con repetirlo al pie de la letra, puesto que si se realiza la operación de reinvención, se está rescatando la novedad de lo repetido y se extirpa el concepto del lugar de letra muerta, en cambio, sí sólo se repite lo ya dicho, como diría Tyler Durden en “el club de la pelea” sería una copia, de una copia, de una copia. A la vez, hay que recordar que desde esta perspectiva el psicoanálisis no es una cosmovisión, y por tanto, no tiene respuesta para todas las problemáticas humanas, siempre el saber es a medias y eso es una paradoja que como diría Winnicotthay que tratar de no resolverla, como la aptitud para sostenerse en la incertidumbre, en el no saber, sin esforzarse tediosamente por llegar al hecho y a la razón. Con esto no se puede pensar el psicoanálisis como un saber saturado, puesto que la esencia de este se constituye como un devenir especulativo, en ese “ver hasta dónde nos lleva” de Freud en “más allá el principio del placer”, vale decir, en su metapsicología, en su posición de incertidumbre frente a cada intervención. Ahora, claramente la metapsicología hay que instrumentalizarla en lo clínico, puesto que sino el psicoanálisis pasa a ser una filosofía de mala calidad y a la vez una cosmovisión, que piensa en la universalidad de las cosas en vez de la particularidad de las mismas. Ahí se enmarcan los límites a los que está sometida cualquier disciplina que trabaje con la subjetividad, con el sujeto y su lenguaje, como elemento constituyente de la singularidad humana. El psicoanálisis es un oficio que ayuda en la particularidad de un dolor a una persona, puesto que a muchos psicoanalistas se les olvida que tratamos con personas, olvidando que lo que dice el paciente en el registro de la cotidianeidad, en lo dicho, también hay algo que rescatar, sino le damos credibilidad a lo imaginario, sería imposible lograr el marco de confianza necesario para instalar un tratamiento que por defecto traerá las libres asociaciones del paciente, que por lógica nos conducirán al inconsciente y por tanto al Otro del lenguaje.


También es de suma importancia resaltar que a algunos analistas se les olvida que la esencia del trabajo terapéutico está en escuchar los ruidos de lo inconsciente en las notas de la conciencia, vale decir, escuchar en el discurso manifiesto del paciente, en la elaboración secundaria de sus sueños por ejemplo, los pensamientos latentes del mismo, es ahí, en esa literalidad, en esa ominosa literalidad de lo cotidiano donde se encuentra anudado, maquillado y hasta con-fundido el sujeto de lo inconsciente. Esta manera de escuchar lo primario en lo secundario es lo que nos hace romper con la idea de profundidad, puesto que la profundidad desde esta escucha se encuentra en la superficie, vale decir, en la superficialidad podremos encontrar lo enigmáticamente significante. Es en las cadenas asociativas que se encuentran en la superficie de nuestro psiquismo donde se crean las relaciones de sentido que nos arrastran hacia lo inconsciente, eso me parece que es el método psicoanalítico. Para finalizar esta idea acerca de la profundidad. “Si lo pienso en términos radicales, creo que lo propio del acceso al mundo, independientemente de las épocas, es un registro en lo superficial, no por leve o poco profundo, sino por una condición inherente  a la existencia, en la cual lo profundo no se identifica con lo hondo o con un ordenamiento por capas. Lo profundo en lo superficial es propio de esa sospecha sobre la articulación de lo representado que busca la penetración en aquello que está a la vista para descubrir la obviedad en lo enigmático”.


Desde esta misma idea y retornando a Freud, podemos pensar en cómo ilustra la comprensión que realiza Leonardo Da Vinci con respecto a las artes, en la cual Freud propone que el método psicoanalítico se articula al igual que la escultura “Per via Di levare”, con lo que quiere decir que tanto el escultor, como el que trabaja desde el psicoanálisis, ve en el mármol en bruto la figura que se esconde tras esa superficie, pero esta figura para el artista, y por tanto, para el analista, se encuentra en la superficie, y para acceder a ella, a saber; la escultura del artista y el sufrimiento en el paciente, se debe hacer el acto de sacar lo que sobra para que emerja en esa misma superficialidad la forma que está enigmáticamente obvia a la vista. En palabras sencillas el acceso al mundo del paciente se encuentra en la profundidad de la superficie.


Con las ideas precedentes debería problematizarse que no se puede dejar de escuchar lo superficial, lo que compete al registro de lo cotidiano, del día a día, pues como nos recuerda Coloma, si no escuchamos al paciente, vale decir, lo que dice el paciente caemos en la idea de que lo inconsciente está en la profundidad, y tratamos doctrinariamente de escuchar lo inconsciente, como si este no resonara en la conciencia, y con esto corremos el riesgo de tender hasta al amigo en el diván. Con la idea de escuchar lo cotidiano del paciente, me refiero a no dejar de lado el enunciado, lo que se dice, el discurso consciente, pues si lo pensamos, al tratar de buscar lo inconsciente, el significante, la fantasía inconsciente, sin tener en cuenta la persona de la cual se emite lo antes mencionado, caemos en una especie de terapia que está en función de la teoría analítica y no en función del paciente y su singularidad. No puedo dejar de recordar que en mi formación como psicólogo, tuve por primera vez que aplicar un instrumento proyectivo C.A.T. a una niña de un colegio municipal de la comuna de La Pintana. En la primera lamina que dice relación con la oralidad y la relación materna, la niña respondió con profundas angustias asociadas a la repartición de la comida y la necesidad de llenarse por la misma, con una especie de rivalidad agresiva frente al tema materno, etc. Cuando presenté la respuesta de la niña en la supervisión del test, sin indagar en el contexto familiar, la profesora hábilmente según ella, pienso yo, me refirió que existía una especie de angustia de aniquilación frente a la ausencia de la madre y el deseo de la muerte de hermanos en tal competencia, y que los alimentos eran una manera de satisfacción afectiva que giraba en torno a la figura de la madre nutricia. Cuando refiero el contexto de vida de la niña, vale decir, lo que tiene que ver con su cotidianeidad y no con su elaboración simbólica de esa lamina, para sorpresa de la profesora, esta niña sufría de carencias reales asociadas a la falta de dinero para alimentarse en el hogar, por tanto la profesora proporciono énfasis a la interpretación de lo inconsciente dejando factores de la persona reales que afectaban dicha respuesta, por tanto, su manera de entender el sufrimiento fue más bien enalteciendo la teoría y eliminando la singularidad de la realidad de esa niña. No puede intentar el psicoanálisis adular lo inconsciente si no se transita por lo que atraviesa a esa pequeña paciente en toda la esfera de su existencia.


Otra idea gravitante a resaltar es que los analistas debieren más bien tolerar la angustia de desconocimiento que padece el psicoanálisis en su saber, tolerar el caos, la zona “informe”, sostener el lugar donde no hay que esforzarse por buscar un sentido semejante al saber, sino que soportar la falta de sentido para abrir caminos de comprensión. En el mismo ámbito cabe entender sencillamente que es la mente humana la que crea el psicoanálisis y ya desde ahí seria psicótico pensarlo como un ente portador de verdad totalitaria, son sólo hilachas de efectos de verdad del cómo pasan las cosas lo que el psicoanálisis puede enunciar en su discurso del saber, sin dejar de ser cierto que esas experiencias llamadas verdades, existen. Cada lectura en el presente de la obra psicoanalítica es más una interpretación y resignificación conquistada por los psicoanalistas que un dogma perteneciente a la lealtad de sus creadores. Por lo cual,  Lacan no deja de insistir en que el saber no es todo, en otras palabras, el saber se halla agujereado y es ese agujero que en tanto falta impulsa para generar nuevos efectos de verdad, en el ámbito teórico y también en lo clínico.


El espíritu de la época en la obra de Lacan está marcado por teorías sobre las relaciones objetales y la psicología del yo, fuertemente criticada por éste, puesto que su pensamiento cuestiona los conceptos de adaptación y síntesis del yo. Por el contrario, este autor sostiene que la función del yo es el des-conocimiento, al igual que un síntoma, y propone una disciplina subversiva respecto a la subjetividad, que va en contra de toda adaptación y psicologización del sujeto, es una especie de rebeldía que hace emerger del lenguaje la singularidad v/s la adaptación. Es una vuelta al enigma del alma, a la emancipación de lo particular que hay en cada sujeto por desmedro de la normalización como fuente de adaptación. Desde esta vereda es que Lacan propone retornar a Freud, pero hacerlo con elementos de la lingüística, la antropología y la filosofía como mencionamos, generando así un retorno de lo reprimido y entendiendo desde la visión del francés un regreso renovado de Freud.  El retorno siempre es un nuevo lugar, el de su recorrido, en ese contexto no hay que olvidar que Freud volvió muchas veces a los mismos lugares, para ver ahí la novedad de lo repetido, hay cosas que hay que decir más de una vez, y ni siquiera con eso serán dichas suficientes veces para ser entendidas.


 

EL ESTADIO DEL ESPEJO Y EL DESEO DE RECONOCIMIENTO. LA MADRE  Y LA IDENTIFICACIÓN PRIMORDIAL, EL PRIMER GRAN OTRO Y SU FUNCIÓN EX-CÉNTRICA


 

“La labor de una madre reside en trasladar ilusoriamente 

 

al niño desde sus segmentos a un totalidad”

 

- Alcaide

 


 

“Si hay otro, quien quiera que fuere, donde quiera que esté, cualesquiera que fueran sus relaciones conmigo […] tengo un afuera, tengo una naturaleza; mi caída original es la existencia del otro”  

 

- Sartre, “el ser y la nada”


Para comenzar a desanudar lo que Lacan toma de la filosofía hegeliana, hay que transitar por lo  que él arranca del mencionado filósofo, ya que esto le permite una reformulación de la teoría de Freud. Lacan intenta dar una nueva perspectiva comprensiva de la obra freudiana, por tanto, el primer nudo que toma desde Hegel, para releer y volver a Freud, es la idea del deseo. Por mucho que nosotros estemos acostumbrados a escuchar  que Freud dialogó sobre el deseo, diciendo, por ejemplo, que “el sueño es un cumplimiento de deseo”, es indudable que la concepción de la palabra deseo en la obra de Freud no tiene la connotación que le dará Lacan en esta relectura de Freud,  tomando como base a Hegel. A propósito de esto el francés se pregunta ¿Qué es el deseo humano? Si tomamos la obra freudiana, la palabra deseo aparece muchas veces con carácter indiferenciado respecto a la pulsión; es decir, pulsión se entiende como aquello que le instala un monto de excitación al aparato mental para que resuelva ese estado de angustia, por consiguiente el deseo estaría relacionado con la intención regresiva de revivir aquella experiencia de satisfacción anterior. Entonces, Lacan diferencia la necesidad y el deseo, puesto que eso en Freud no está rotundamente diferenciado. Para Freud, la necesidad está arraigada en la pulsión; esto Lacan lo reconoce, es decir, entiende la pulsión y su carácter dentro del registro del cuerpo y su condición de frontera entre lo somático y lo psíquico, que se manifestará en términos de una necesidad a la que Lacan le otorga el nombre de falta. En consecuencia, la necesidad se articula en el registro de las pulsiones de autoconservación, mientras tanto que el deseo se articula en el registro de la pulsión sexual. Por aquello, Lacan nos dice: “La pulsión debe ser diferenciada de la necesidad. Mientras la necesidad es una función biológica ordenada, la noción freudiana de pulsión aparece sometida a la constancia del empuje”. La pulsión se articula en un registro relacionado con algo que ocurre en el organismo y que logra transformarse en un índice de representación psíquica en términos de falta, ananque, como lo denomina Lacan en griego, falta que ilusoria y constantemente tiende a ser llenada por “algo” y que por tanto, implica la incompletud del sujeto y  su lugar de objeto en la relación diádica del niño con la madre, a saber, la dimensión propia luego del nacimiento, es una situación de inmensa incompletud, de desvalimiento frente al mundo, biológica, como simbólicamente, y es en el otro, el Otro materno, donde este estado logra su aparente completud. Es en el Otro donde tengo la fantasía de completarme. Gracias a este primer reconocimiento, un rasgo simbólico que organiza el narcisismo y con ello el cuerpo adquiere una forma o Gestalt configurante. – Unidad y forma del cuerpo- que designa el paso del despedazamiento corporal a la unidad, “La dimensión del deseo contribuirá a garantizarle al niño, cautivo de un organismo dependiente del orden de la necesidad, la promoción del estado de objeto al de sujeto”. Esta articulación es la que abre el grito al otro para la satisfacción de su necesidad, y la entrada al Otro escenario del lenguaje que preexiste al sujeto, donde el niño-objeto de la necesidad y de la madre-leche, abre el camino al sujeto deseante. Esto es muy sugestivo, puesto que la significación de la necesidad es dada desde el Otro, ya que en las manifestaciones corporales del niño frente a esta primera experiencia de menester, todo lo que su cuerpo expresa no es intencional y por lo tanto no tiene capacidad de ser un mensaje hacia el otro, sino más bien ese otro le atribuye una significación a dicha necesidad, con lo cual introduce al cachorro humano en lo que el otro cree es una demanda y a la vez, es el preámbulo de lo que es la primera unión comunicativa. En otras palabras; La madre trascribe el cuerpo del niño, lo interpreta, es ella la que en este acto transforma la necesidad en demanda. Es por esto que la significación de aquella falta primigénita la madre como otro, logra satisfacer la necesidad, pero a la vez abre con su lengua al cachorro humano a los significantes propios del registro simbólico, es el Otro el que dice “come, caga”, por tanto es solicitado en todo lo que hace por el lenguaje. En definitiva en el registro de la satisfacción de la necesidad aparece también el mundo de los significantes. Es una proyección del deseo del Otro. La madre al satisfacer lo que ella cree es una necesidad, entrega una significación, vale decir, funciona cerrando el sentido, dándole un cierre a la significación, y esto es la base de la constitución del yo, los significados cerrados, es a lo que Lacan posteriormente llamará el registro imaginario. Pero lo que deseo exponer, es que en ese acto de la madre como otro de la satisfacción, también se encuentra la entrada del cachorro humano a los primeros significantes que lo constituyen desde el lugar del cual habitará el mundo, los significantes con los cuales se vestirá para presentarse a los Otros. La madre es tanto un pequeño otro semejante que satisface la necesidad, como también articuladora de lo simbólico, un mediador simbólico y en ese contexto también es un articulador del Gran Otro.


En resumen, la reciprocidad del niño y del adulto es una relación que porta una disimetría primordial, el infante acopia del adulto la respuesta a su desamparo original, el crío depende radicalmente y fácticamente del adulto; recibe de él cuidados y asistencia, es decir, requiere de su ayuda para eternizarse y en esta colaboración se produce el engranaje a la palabra y con ello al inconsciente del adulto. El cuerpo del niño es articulado por el lenguaje de aquel que lo recibe, el adulto Otro. Es el otro el que lo nutre para que pueda seguir viviendo, y el Otro que lo humaniza ingresándolo al lenguaje para representarse ese seguir viviendo, aunque la significación nos viene desde fuera.


Otro hito importante en esta relación dual-madre-hijo, implica especular un incesto necesario en una relación simbiótica, un aparato psíquico para dos cuerpos, una devoción incestuosa de la madre necesaria para solicitar en su hijo, un goce que no pertenece a la biología. Es decir organizar para su hijo el surgimiento de la pulsión. En esta relación donde las sensaciones biológicas se tornan un goce que se instala en los bordes de los orificios del cuerpo por la relación con esta madre. En este contexto, el ser humano ha de trastocar psíquico un apremio que en una primacía, sólo es somático. El humano debe transcribir la estimulación que absorbe desde su propio cuerpo, su intérprete es la función materna. La madre le da nombre a los estados íntimos del niño, es la asesina de la cosa como diría Lacan. En consecuencia, la madre nuevamente aparece como mediador del lenguaje y a la vez articuladora, traductora de la pulsión. Lo biológico requiere para su satisfacción y traducción, de aquel que ejerce la función materna, se necesita la presencia efectiva de otro y su palabra para que lo que nuestro cuerpo infantil desconoce, tenga un nombre, un símbolo, que nos saque de la angustia de lo incognoscible.


A propósito de los índices corporales que reflejan la carencia y, por tanto, el estado de necesidad, “Esas manifestaciones sólo tienen sentido en la medida en que el otro se las atribuye [...] Esas manifestaciones toman el valor de signo para ese otro,  ya que es él quien aprecia y decide comprender que el niño está en estado de necesidad”.

 

Así, esta falta solamente puede ser satisfecha eventualmente en la relación con el otro y por el otro, que significa esta necesidad desde el exterior. Un signo es lo que significa algo para alguien, desde esta idea sólo para la madre la descarga del soma del niño mediante el llanto, por ejemplo, significa algo, puesto que para el niño sólo es descarga, no tiene un sentido, que lógicamente a posteriori ese sentido, que ya podríamos decir sin-sentido le retorna desde fuera como la interpretación de otro, que puede ser una apertura, más que el cierre de los significados, trasponer ese significado en un significante por ejemplo, vale decir, en algo que puede tener muchos sentidos. Puesto que si la madre interpreta algo que sólo puede para ella ser ese algo, quizá alguna sombra se pierde de la verdad de aquello para ese cachorro humano, que se encuentra en la intimidad de su necesidad. Esto puede asemejarse a ciertos terapeutas que se posicionan en su trabajo, desde un registro imaginario yoico, creyéndose que son dueños de la verdad y que por tanto son el centro de lo que dicen y lo que hacen, y esfuerzan y adoctrinan a los pacientes con interpretaciones. Esto es muy claro en los terapeutas que insisten en una interpretación que el paciente no le hace sentido y tienden a pensar que esto es una resistencia. En esta forma de intervenir en la cual la interpretación aparece como una verdad desde el lado del analista con lo cual algo de la verdad del paciente puede perderse en esta configuración narcisista del analista.


La relación (madre-leche-hijo-hambre) abre el sendero a la intersubjetividad y marca una diferencia radical entre el pensamiento freudiano y lacaniano. Por esto, para Lacan el cachorro humano es sujeto sólo cuando ingresa a un contexto intersubjetivo, por tanto el complejo de Edipo para Lacan esta enraizado en el corte de la relación madre-hijo, para Freud en cambio el énfasis está en la angustia de castración vivida personalmente por el infans, podemos decir que Lacan le da énfasis a lo intersubjetivo y Freud a lo intrapsiquico. “A fin de acentuar mejor la distinción entre la teoría lacaniana de la castración y el falo, y las tesis freudianas, subrayemos que Lacan: la castración es más que un acto de corte que una amenaza, una envidia; este acto recae más bien sobre un vínculo que sobre una persona


No existe el sujeto humano para Lacan si no es en esa relación intersubjetiva, la intersubjetividad es una relación dialéctica entre un sujeto y otro.  Es esta relación  la que rescata de Hegel. Este filósofo sostiene “Que el hombre no es más que Deseo de reconocimiento y la Historia es el proceso de la satisfacción progresiva de ese Deseo”. Esto tiene relación solamente con que una conciencia se reconoce nada más que en otra conciencia, es decir, yo me vuelvo consciente de mí mismo en la medida en que soy capaz de reconocer mi carencia en la soledad, ese “sentir lo que me falta”. Para ser yo de alguna manera tengo que vislumbrar al otro como otro que a su vez me reconoce. Esta articulación que hace aparecer la falta que conduce al otro, es lo que lleva al sujeto, a lo que Hegel llama dialéctica del reconocimiento, puesto que la cría  humana para hacerse sujeto tiene que ser reconocido por el otro. Finalmente, se puede sentenciar que un sujeto se reconoce en otro sujeto y viceversa, es la mirada del otro la que demarca los contornos de mi ser, es el otro en tanto otro, el que me entrega la existencia, es la madre la que con su mirada libidinizada le entrega un lugar al niño, le dice con esa mirada primitiva, te deseo como hijo, donde el niño se constituye como objeto de amor para el Otro. Si no existe esta primera diferencia no podría concebirse la existencia humana, es la mirada la que genera lo que soy, aunque sea de manera ilusoria, pero sin esa mirada no existiría nada, quizá solo habría como decía Freud masas y movimientos, es la existencia de lo imaginario la que otorga ilusoriamente en un comienzo la posibilidad de existir fácticamente, es la madre la que con su ilusoria y cautivadora mirada entrega aquello por lo cual tendré que luchar en ser, el príncipe, el malvado, el militar, etc. La madre al devolver con su mirada una completud inexistente aun en la fragmentación originaria del nacimiento, al otorgarle al niño un lugar de ilusoria completud, que se representa como creerse algo que no se es, pero que siendo sólo de esa manera puedo existir, creyéndome ilusoriamente dueño de lo que pienso y lo que hago. Pero, sumado a esta completud imaginaria-ilusoria, la madre también entrega palabras acompañadas de la mirada, y estas palabras “tienes los ojos de tu padre”, “serás inteligente como tu abuela”, “te pareces mucho a mi”, más aun ya el nombre que nos ponen habla de la existencia del lenguaje antes de nuestro ingreso a la vida, no es lo mismo llamarse Consuelo o Soledad a llamarse Máximo, algo del deseo de los padres se cuela en el significante de nuestro nombre. La idea a rescatar es que la madre nuevamente es un retoño de lo imaginario yoico, entregando la imagen desde afuera de completud imaginaria, también en esa escena aparece la palabra y el mundo simbólico, el niño está atravesado por una identidad que le viene desde fuera y de las palabras ligadas a esa imagen que lo nombran ex – céntricamente, es el lugar que los padres sitúan, el lugar desde el cual el niño comenzara a habitar el mundo. De alguna manera esta es una profecía del progenitor al entregar el lugar de la existencia del niño, un ideal, para Lacan. Este ideal del cual el niño se identifica, no es consciente es algo que el cachorro va incorporando como símbolos inconscientes, que se revelan a veces en el material clínico de un análisis, este ideal entonces es la identificación simbólica con algún elemento significante, en el caso de una hija que a su madre le costó mucho tenerla, quizá el mandato inconsciente para esa niña, las insignias inconscientes que deberá cargar, dicen relación con este mensaje por ejemplo “tú serás mi niñita chiquitita siempre, no podrás crecer, porque a tu madre le costó mucho tenerte”. Es de esta manera como el sujeto esta alienado tanto en la imagen especular, como en el ingreso a los significantes que vienen desde fuera y procuran un ideal, que es el resultado de los significantes que retornan como algo que nos es dado desde fuera, que no controlo su significado ni su repetición.


Retomando la idea de la imagen especular en tanto ilusión de algo que aún no me conforma. Se trata de un reconocimiento primero y original, que se asienta en la mirada materna, momento original de la imagen sobre el cuerpo pulsional. Esta mirada eje de un momento original, se haya organizada por el deseo materno, que dirige la mirada deseante de la madre sobre su hijo, ahora este icono, es la imagen de una totalidad que nunca se logra poseer en su completud. Vale decir, nunca seremos nosotros mismos mirados por el lente o la mirada del otro, pero sin esa mirada no existiríamos como tales, el otro me mira y al mirarme me oculta a la vez que me hace ser, es por el otro que devuelve una completud con su mirada a mi fragmentación originaria, por lo cual puedo alienadamente decir yo soy. Siguiendo estas ideas y para ilustrar lo mencionado rescato el dialogo de la película intitulada “Barfly” de Bukoski, en la cual al protagonista en una feroz escena le preguntan “¿quién eres?” A lo que responde; “a la pregunta más difícil la respuesta más difícil “no lo sé”. Con este pequeño pero sincero dialogo podemos deducir siguiendo a Lacan porque el yo es entendido como un síntoma, puesto que se articula desde el desconocimiento, es una mentira necesaria, cautivadora y fundante. En el fondo la madre entrega una mirada que oculta una fragmentación originaria, y esta mirada que retorna a esa incompletud lo que hace es crear la “nueva acción psíquica” que habla Freud para el nacimiento del narcisismo y por tanto,  el naci-miento del yo es una instancia inautentica, y por tanto a la vez sintomática en su propia emergencia. Por esto en la clínica hay que escuchar al yo pero a la vez desconfiar de él, cualquier análisis que dé como único hecho la alianza del yo con el analista en el trabajo, sin mirar tras el velo de este yo como síntoma, deja de trabajar desde la lectura psicoanalítica, puesto que su entendimiento del paciente será yoico-adaptativo, en vez de simbólico-singular, un analista que trabaje sólo con lo yoico es un analista que se entrampa en un mutuo engaño.


Desde otra tópica y trabajando en la especulación como le gustaba a Freud, esta dialéctica de reconocimiento engendra la idea que ser reconocido es querer hacerse desear. Esto nos lleva a la concepción de que hacerse desear es intentar situarse como deseo, en este sentido, ser deseo del deseo del Otro. Así, el niño se aloja en la parte faltante del deseo insatisfecho del Otro materno. De este modo se establece una relación imaginaria consolidada, entre una madre que cree tener el falo y el niño que cree serlo. Por ejemplo, cuando un niño dice  yo deseo a mi madre, lo que se lee ahí de ese deseo, es que ese niño desea que la madre lo desee como hijo, que lo reconozca como tal. Es el hijo quien dialécticamente le da el lugar de madre. Y esta madre, reconocedora del deseo del otro, logra en el otro y por ese otro hacerse madre. Y así, viceversa en relación al hijo, pues si no hubiera hijo, recíprocamente no existiría madre, si no hubiera esclavo no habría amo, sin lectores este texto no existiría, tal como un terapeuta sólo existe en la medida de la existencia de su paciente.


El Otro para Lacan no es unilateral; el sujeto se satisface en el otro y este otro de la satisfacción, vale decir, el Otro materno también se encuentra en falta.  En definitiva, lo que sucede en esta relación dialéctica del deseo es un encuentro de faltas, una concurrencia de carencias de ambos. Con esta intelección se comprende que el Otro no es importante porque tenga la clave para la satisfacción de las necesidades de carácter biológico en el ser humano, sino que es significativo porque allí se anuda el deseo de reconocimiento y reconocimiento del deseo, que es consecuencia de la satisfacción de la necesidad. Estos dos aspectos que están insertos en la relación con el otro nos replantean el concepto del deseo. Por ejemplo, cuando el niño  necesita la leche y se encuentra como sujeto de falta, esta necesidad lo lleva a la relación con la madre, a la relación con ese otro que le va a entregar aquello, que le va a dar su sustento, pero ¿Cuál es el deseo del niño allí?, ¿Cuál es el paso de esta necesidad de hambre carente, al deseo de amor propio del ser humano?, lo que se plantea acá es que por procesos de frustración el pequeño va aprendiendo y esto lo constituye, puesto que no es tanto la satisfacción de la necesidad, sino más bien que el deseo de la madre sea reconocer el deseo del niño, por tanto, que la madre desee ser madre de ese niño. Entonces Lacan, en la interpretación de la teoría psicoanalítica, enuncia que la clave del deseo humano está en el Otro, no por el otro como fuente de satisfacción (pequeño otro), sino más trascendentalmente por que en aquel se anuda el deseo de reconocimiento (como hijo de esa madre). Lo importante de este punto es la articulación de la estructura subjetiva de la madre con ese hijo que tiene, es decir, algo que tiene que ver con las vicisitudes de la resolución del complejo de Edipo de la madre, donde se articula el deseo de ella, y si no se cuenta con éste, el pequeño no será reconocido y por tanto tendrá altas posibilidades de enfermedad del alma.


Con esta dialéctica de reconocimiento  entre el deseo de la madre y el del niño, es cuando Lacan en 1966, en  “el estadio del espejo como formador de la función del yo (je), tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”, nos dice: “El bebé reacciona jubilosamente ante la percepción de su propia imagen reflejada en el espejo”. El espejo lógicamente apunta a los ojos de la madre como revisamos anteriormente, que al igual que el agua en el mito de narciso le devuelven una imagen que lo cautiva, al niño le pasa lo mismo con la mirada de la madre, claramente dependiendo si es que en esos ojos (metáfora del espejo) la madre logra devolver luz, puesto que si la madre devuelve negrura, lógicamente se podría asociar a cierto carácter patológico de ese futuro sujeto. Lo que quiero plantear es que el júbilo del bebé apunta a percibir una totalidad que le es devuelta por la mirada del otro a su  biología y fisiología invalida de nacimiento, el júbilo cautivador de ser algo completo de una manera anticipada, vale decir, de ser ahí donde aún no se es. Para ejemplificar esto tomare el relato que leí en algún momento de mi formación de pregrado pero que no tengo el registro de donde proviene. Para esto hare como Winnicott planteaba, robaré y luego quizá me preocuparé de saber de dónde he robado. El tema es que la historia dice algo más menos así, existía un discípulo de un filósofo que le discutía constantemente  a su maestro con respecto a encontrarse listo para  dejar de ser discípulo y comenzar a enseñar,  y en uno de estos acalorados diálogos, el filósofo  lo mira con una profunda ternura y perspicacia a la vez, y le replica una pregunta;  ¿Cuándo tú joven aprendiz me miras, que ves?, a lo que el estudiante rápidamente, tratando de resaltar  la rapidez de su respuesta, como que fuere la prisa una virtud, le responde ¡a usted maestro!¡A usted!, pero, mira bien a mis ojos querido joven, le vuelve a insistir el filósofo, dime ¿Qué ves?, y el joven anonadado le repite a usted maestro, lo veo a usted, nuevamente el viejo sabio le repite la pregunta, y por fin el joven logró mirarse y ser mirado por el ojo ajeno, y le dice  con profundo dolor: “a mi maestro, me veo a mí”. Solo somos en lo yoico el ruido de los gritos ensordecedores de los otros, somos la loca mirada del vecino, la tierna mirada de la enamorada, y en ese ser mirados nos vamos haciendo mirada, en esa mirada estamos siendo fácticamente en la cotidianeidad de nuestra existencia.


Con la idea de Lacan sobre la invalidez del nacimiento, con la identificación originaria de la mirada del otro que nos entrega una completud que aún no existe, este autor genera una teoría del narcisismo y la identificación primordial donde piensa que “el ser humano tiene una representación fantasmática del cuerpo, en la que éste aparece fragmentado”. Al igual que como para Freud en su idea del autoerotismo, donde el niño aparece incompleto, fragmentado, y desvalido, pero la imagen de su propio cuerpo se completa cuando se refleja en el espejo (metáfora de los ojos de la madre), es la madre quien saca al niño del caos pulsional del nacimiento, de esa fragmentación biológica, puesto que en el reflejo de la mirada de la madre, “se ve esculpido en una gestalt que no es sino una imagen anticipatoria de la coordinación y la integridad que en ese momento no tiene”.


En tanto esa imagen especular le entrega una integridad, una totalidad, algo que tiene que advenir y de la cual se identifica, que le da la ilusión de completud al cachorro humano. “El hecho de que su imagen especular sea asumida jubilosamente por el ser sumido todavía por la impotencia motriz y la dependencia de la lactancia que es el hombrecito en ese estadio infans, nos parecerá por lo tanto que manifiesta, es su situación ejemplar, la matriz simbólica en la que el yo (je) se precipita[…]la forma total del cuerpo, gracias a la cual el sujeto se adelanta en un espejismo a la maduración de su poder, no le es dada sino como Gestalt, es decir, en una exterioridad donde sin duda esa forma es más constituyente que constituida”.


La constitución del Yo está dada desde fuera, y al ser externa es una articulación de desconocimiento de la identidad, que visiblemente entrega completud, pero a la vez aliena. La imagen de nosotros es proporcionada desde un lugar ex-céntrico, por tanto lo que llamamos yo, es la configuración de una red de hilos invisibles que completa y dan forma a la fragmentación originaria, una completud ilusoria que nos hace pensar que somos dueño de lo que hacemos, y por tanto nos sitúa en la posición omnipotente de como si para nosotros no existieran las paradojas, la incertidumbre y la relativización de las cosas, más bien esta función yoica entregada por la mirada y la escultura gestáltica que realiza el otro con nosotros, nos hace pensar la vida con significados cerrados, correspondientes a un registro de existencia que Lacan bautiza con el nombre simbólico de imaginario. Idea que nos arrastra a pensar que  la constitución de nuestra imagen “yo soy” es donde “El sujeto se identifica con algo que no es. De hecho cree ser lo que el espejo le refleja. Se identifica con un fantasma; usando el término lacaniano, con un imaginario”.


El imaginario lacaniano es donde anida nuestro yo, por tanto el yo sueña ser el centro de lo que hacemos, sin tener en cuenta que desde la visión psicoanalítica el yo sólo es un vasallo de lo que ocurre en las “profundidades de nuestra alma”, por ejemplo, cuando nos pasan cosas que no controlamos ni su causa, ni su repetición, como por ejemplo, el olvido de objetos, de nombres, balbuceos en el habla, etc., tendemos yoicamente a pensar que esas acciones se asocian al azar u a la desconcentración, esas externidades que el yo racionaliza con el azar y la desconcentración son expresiones de que somos habitados excéntricamente, que existe algo impersonal sobre nosotros haciéndonos hacer cosas de las cuales el yo-consciencia no visualiza ni escucha su movimiento, es a esta excentricidad la que Freud denomina como el inconsciente y que Lacan lo designa como Sujeto de lo inconsciente que habita en el lugar del Otro. Por tanto el Otro para Lacan o el inconsciente para Freud son excéntricos al yo, habitan por fuera de este y en tanto nos permiten entender que estamos arrojados a un lugar en el cual el ser habita desde lo “extrañamente familiar” para tomar prestada una frase freudiana. Por otro lado como el yo desconoce este lugar, aunque está atravesado por el mismo, puesto que no se puede entender el lugar del Otro, vale decir el lenguaje, sin un yo que lo articule, aun así el yo no sabe siempre lo que habla, puesto que su discurso cotidiano cae en el vacío del poder ser muchas cosas, siempre el yo y por el yo se dice más de lo que se cree decir. No obstante lo anterior, el yo se presenta como amo de su ignorancia, como una ilusión que anida en el desconocimiento de lo Otro que hace hogar en el lenguaje, el yo es una especie de espejismo que busca ser ilusoriamente gobernador del gobernante.


La relación con el otro, y por tanto con mi imagen especular que me devuelve el espejo materno, es una cautivadora intención de existir como una persona que carece de enigmas y de incertidumbres, en este sentido “es una estructura, un modelo de vínculo que operará a lo largo de toda la vida”. Esto se encuentra dentro de la articulación del registro imaginario, registro que estructura la formación del yo, que nace desde una alineación necesaria para el ser, donde el advenir es una ilusión que se enmarcara en la eternidad de la existencia humana. Y esta es la esencia de la articulación del yo ideal. “El yo así constituido es, para la teoría lacaniana, el yo ideal, diferente al ideal del yo. El yo-ideal es un imago anticipatorio adelantada, lo que no somos pero queremos ser. Imagen mítica, narcisista, cuyo logro persigue el hombre incesantemente. La estatua, el uniforme, el héroe, son significantes con que el ser humano reemplaza aquella simetría ilusoria primitiva”.


Si luchamos constantemente por tener la razón y la verdad como significados cerrados que no pueden tolerar la incertidumbre de la existencia (propio de los sistemas científicos cerrados), la agresividad será una consecuencia arraigada en la contradicción a estos estigmas rectores que balizan lo yoico. En este contexto, si el inconsciente es espontaneo lógicamente estar anudado al concepto de creatividad y la creatividad es romper con todas la certezas de la existencia, tal cual un niño toma un lápiz y en su juego espontaneo habitado en el lugar del Otro lo convierte en un avión, ¿Qué es eso? Sino una metáfora, de la cual Lacan nos dice que nuestro inconsciente está estructurado como el lenguaje.

 

Siguiendo la idea de agresividad, Lacan podrá dar una explicación a ésta, o por lo menos a una parte de ella postulando “que todo cuestionamiento de nuestras fascinaciones especulares da una visión paranoica del mundo. Basta decirle a alguien que no tiene razón, que no es quien cree, mostrarle un punto donde se limita la aseveración de si, para que surja la agresividad”.


La agresividad para la teoría lacaniana aparece como consecuencia del rompimiento de esa imagen especular (yo) que se instaura en un mandato del deber advenir, donde queremos ser lo que no somos, cuando nuestra ilusión de ser narcisista, alienada por el espejo (ojos de la madre), se ve trastocada por algo contrario al mandato del soy, la agresividad aparece cuando la fragmentación originaria emerge tras el quebrantamiento del espejo yioco. Por ejemplo “cuando una persona siente como agresiva la afirmación “creo que esto te resulta muy difícil”  Dice Lacan, “Es porque esta afirmación está cuestionando la imago omnipotente, poderosa, integra, con la que se ha identificado en el estadio del espejo”. En este cuestionamiento que quebraja la omnipotencia narcisista, la agresividad nace como defensa frente a la inmadurez genuina y esta misma articulación de identificación especular es la que marca el nacimiento del registro imaginario, por lo tanto, la identidad externa y un yo que germina por una alineación en el desarrollo de la subjetividad humana. Siguiendo con ejemplos de la ilusión de completud y de la ilusión que hay en el fondo del ser humano, pensemos en cuando alguien camina por la calle y se tropieza con los obstáculos de la realidad, su cuerpo se desarticula de esa completud que existe antes del tropiezo y cae en lo fantasmagórico de lo fragmentado, si este sujeto fragmentado por su tropiezo es mirado por el otro, este otro puede reaccionar de dos formas, una frente a la angustia de fragmentación de la persona que se tropieza, puede reírse y con esta forma de chiste evadir la fragmentación propia y la del otro, o por otro lado, este mirón puede intentar sostenerlo y abrazarlo para así devolverle la completud ilusoria que fragmentó a este cuerpo por su tropiezo.


Hasta aquí se puede concluir básicamente que el sujeto está alienado en el imaginario como se describe en “El estadio del espejo”, con la identificación del yo mediante el otro, es decir, existe una alineación por el deseo del Otro y por la ilusión de completud que nos entrega la imagen especular. Toda la vida para algunos humanos gira en torno a buscar aquello que nos trasciende y que no somos, es decir,  parafraseando a Lacan, un querer advenir otro. Pero no obstante en querer advenir este Otro completo, aparece la lucha y la tensión cuando no alcanzamos esa completud. Por ejemplo, este artículo se posiciona de una manera imaginaria de como si pudiera abarcar por completo la teoría, pero al darme cuenta que aquello que planifique como completud no es el resultado de lo que se escribe, y eso me recuerda mi propia fragmentación que desaparece con la ilusión de completud de que la persona que lo lee pueda decir que es un muy buen artículo. El hombre lucha insistentemente por completar un vacío constitutivo que lo perseguirá cotidianamente en su existencia en el mundo.


 

LA ESTRUCTURA DEL COMPLEJO DE EDIPO. LA FAMILIA CENTRADA EN EL PADRE Y EL EFECTO DE LEY TITULILLO 


“Para Lacan, el agente de la castración es la efectuación en todas sus variantes de esta ley impersonal estructurada con un lenguaje y profundamente inconsciente”(…) La castración es simbólica y su objeto imaginario, es decir, que es la ley que rompe la ilusión de todo ser humano de creerse poseedor o de identificarse con una omnipotencia imaginaria”

- Nasio.


 “El padre en tanto causa de una ruptura paradisiaca”

- I. Alcaide


La relación dual madre–hijo, que Freud denominó narcisista y que Lacan designó imaginaria, como revisamos,  es dual solamente en las primeras etapas del desarrollo de la cría humana, esto quiere decir que aquella relación dual mítica, que tipifica al narcisismo, dura sólo los primeros meses de vida y luego entra en juego la ley, es decir, un tercero,  que en un espacio de dos, lo ocupará el lenguaje. Ampliando este concepto de ley como un tercero, en la terapia psicoanalítica, este tercero que acompaña siempre al analista y al analizado es el lenguaje; y en la relación narcisista madre–hijo, es el padre como portador de la ley,  por lo tanto, el tercero en la relación diádica madre-hijo. “Constituye una referencia a la función del padre como mediatizador de la relación entre la madre y el niño. Esa función paterna se interpone en la relación diádica, imaginaria, especular, que se verifica entre el bebé y la madre. Esto es la castración”. El padre o más bien su función, aquella asociada a nombrar a su hijo, a posicionarlo en un lugar fuera del deseo de la madre, es el padre el cual da el nombre con lo cual éste, logra generar el surgimiento de una metáfora, que desplaza el deseo de ser objeto de la madre a tener y ser sujeto deseante. Esta metáfora de desplazamiento de sentido tiene como sustento la castración, pero no la castración freudiana entendida como una angustia frente  a la pérdida del órgano sexual, que lo hace optar entre mantener ese órgano o perderlo frente a la satisfacción del deseo de poseer en su totalidad a la madre. En este mito Freudiano, es el padre el encargado de dicho corte. En cambio, para Lacan, la castración y en el fondo la metáfora paterna lo que hace es cortar no los genitales, sino la unión mítica del niño con su madre, que arrastra consecuentemente la disminución del goce (madre-falo) que para la salvedad del niño pueda tener límites, ese límite abre a la neurosis y a la posibilidad de la eterna metaforización que discurre ´por el decir, que abre el sentido a ser hablados siempre por sobre lo que queremos decir, nunca somos dueños de lo que hablamos, puesto que estamos atravesados por la metáfora que remite siempre a un más allá o más acá del lenguaje. “El inconsciente está estructurado como un lenguaje” la metáfora es la consecuencia de un inconsciente parido por una metáfora constituyente. En otras palabras, el parto del inconsciente, es la penetración de la metáfora paterna que se introduce sexualmente en el deseo materno. “Lo que conlleva a renunciar al goce de la madre y aceptar la insatisfacción del deseo”. En el primer tiempo el bebé, es el deseo del deseo del Otro materno mediante la introducción del padre que reemplaza al deseo de la madre, genera una metáfora que posibilita que el deseo circule para así poder instituir la posición de sujeto.


Lacan postula que la ley es ubicua, es decir, que está en todas partes, está siempre, el sujeto es un sujeto de ley, y esta es la ley del padre. Esta ley es resultado de una evolución cultural que ha tenido a la familia paterno-céntrica como eje. Y esto no es casual, sino que la ley y el nombre del padre está allí. Por esto, para que el padre pueda ser el tercero y  mediatizar el vínculo diádico “El padre debe trasmitir la ley, hecho que se actualiza por ser el portador del nombre. Es el padre quien nombra al hijo y en ese acto se simboliza que es el poseedor del falo, de la ley”. El niño en tanto es objeto del deseo de la madre esta capturado en un lugar en el cual no existe la singularidad, sino, solo el envolvimiento materno, por esto, el padre al ser el tercero, y al introducirse entre ellos, gracias a la presencia que la madre le da a este, logra generar un corte que hace diferencias entre el niño y la madre, lo cual le entrega un lugar de singularidad al niño y lo hace portador de un nombre diferenciado del deseo materno. Al brotar de su identificación en el estadio del espejo, el niño está alienado en un imaginario de su madre, es decir, la cría humana ansía ser el objeto de deseo de la madre, la que se encuentra en falta a la vez, o sea, ser lo que la madre no tiene, e ilusionarse con una completud que esconde una fragmentación originaria.  En este momento aparece la identificación del niño con el deseo de la madre, es decir, que él sea el objeto de deseo de ella, con lo cual el bebé accede a la vez a su propio deseo de ser el deseo del deseo de Otro. “Lo que busca el niño es hacerse deseo de deseo, poder satisfacer el deseo de la madre, es decir: ¨to be ornot to be, el objeto de deseo de la madre (…) Para gustarle a la madre (…) es necesario y suficiente ser el falo”.


Entonces, “el dilema en que se debate en ese momento el sujeto es de ser o no ser el falo”. El dilema que atraviesa el niño en su prematuridad tiene que ver con quedarse pasiva y prisioneramente en el lugar de objeto de deseo de la madre, ser el falo del cual la madre fue castrada, taponear con este objeto-niño-falo, el vacío inherente a toda vida humana. Es la incompletud de la madre la que sitúa a su hijo como saturador de su falta, es la madre quien marca en el inicio de la vida la existencia del bebé, trasladándolo de sus trozos a una completud ilusoria pero, necesaria para la existencia, en este devenir ilusoriamente completo, el niño va cediendo a su propio deseo, que es ser deseo del deseo del Otro, vale decir, por el lado del niño su deseo propio remite a la alteridad, es la madre la que demarca el deseo del niño, yo deseo que mi madre me desee como hijo, a eso se refiere el ser deseo del deseo del Otro.


Con respecto de ser o no ser el falo de la madre, es cuando comienza la aparición del padre, porque es “quien privará a la madre de su hijo-falo y a éste de la satisfacción imaginaria que le implica ser el falo de la madre”. Es el padre en tanto función portadora de la ley y en tanto tercero, el que priva y castra la dialéctica del deseo, tanto de la madre como del niño en el mismo momento de castrar al bebé de toda ilusión tendiente a posicionarse como falo a la madre, también el padre en tanto ley, castra a la madre de toda intención de posicionar a su hijo como el falo. “El niño se ve forzado simultáneamente a poner en duda su identificación fálica y a renunciar a ser el deseo de la madre. Correlativamente, desde el punto de vista de la madre, el padre la priva del falo que se supone es el niño. El padre aparece para el niño como el objeto fálico posible”.

 

Desde la mediatización paterna que representa un papel preponderante en la configuración de la relación madre-hijo-falo, “La experiencia nos demuestra que el padre, considerado como aquello que priva a la madre de ese objeto, especialmente del objeto fálico, de su deseo, representa un papel esencial en (…) el complejo de Edipo, aun en los casos más fáciles”.


Entonces, la cría humana vive la intrusión del padre como una frustración y prohibición a la vez, puesto que “El padre, de todos modos, llega aquí como una molestia que no sólo incomoda por su volumen sino que es molesto porque prohíbe. ¿Y qué prohíbe? (…) Prohíbe, ante todo, la satisfacción del impulso”. A propósito de esto y entendiendo que “la madre es del padre” y no del hijo, el padre frustra al hijo de esa madre. En este segundo momento, después de la identificación imaginaria y de ser el deseo de la madre, el niño comienza a ingresar en la simbolización de la ley, que le permitirá la declinación del complejo de Edipo. Es allí cuando el niño es enfrentado con la castración y con la posibilidad de que su existencia en el mundo pudiere ser vivida como un más allá del paraíso maternal.“El padre real, al imponer su ley, se transforma en padre simbólico” y “este momento es crucial para el individuo, ya que sólo a través de asumir la castración será posible que aspire a tener el falo, o lo que es lo mismo, a trasmitir la ley”. Por lo tanto al ingresar al mundo de la cultura, del lenguaje, en definitiva de la ley, esta articulación marca la entrada en el tercer momento del Edipo, donde el niño renuncia a su condición de ser el falo de la madre, para introducirse en la dialéctica de la negociación que le permitirá tener y por tanto ser un sujeto que desea a otro objeto exogámico. Acá aparece el interjuego de las identificaciones de la niña con su madre y la femineidad y del varón con su padre y la ley.


En resumen y entendiendo este juego de identificaciones. “El varón que renuncia a ser el falo materno toma el camino de la dialéctica del tener al identificarse con el padre que supuestamente tiene el falo. La niña, asimismo, puede abandonar así una posible identificación con la madre ya que ella” “sabe dónde está, sabe adónde debe ir a tomarlo, es por el lado del padre, hacia aquel que lo tiene”. Esto es un esbozo de lo que Lacan teorizó como la metáfora del nombre del padre. Esta entrada que abre la puerta de la génesis del niño al inconsciente por la metáfora paterna, es la que le permite la simbolización, que tiene como base la entrada del sujeto al universo del lenguaje. En este sentido para la teoría lacaniana, solo el ingreso al orden simbólico del lenguaje te posiciona con, y en el momento mismo de esta inserción quedas dividido por efecto del mismo orden simbólico. En otras palabras es el Otro de la ley, en tanto metáfora paterna, el que prescribe las leyes y por ende estructura nuestro lenguaje y nuestras relaciones de parentesco que instituimos, quien además impone las normas a las que se avasallan nuestros deseos y por aquello también nuestras demandas.


Hasta aquí hemos puntualizado al sujeto humano como Lacan lo entiende, rehén de dos registros, imaginario (estadio del espejo) y simbólico (reconocimiento del deseo e introducción al lenguaje).


Para terminar podemos señalar con Lacan que la función del padre en tanto causa del universo simbólico. “Este último el que lo determina como sujeto, lo nombra, lo ubica, lo distingue como hombre, en pocas palabras, lo hace ser” .Y lo aliena a la vez en la intimidad de su deseo y por ende lo pierde en ese lenguaje que nos camina, que nos hace decir más de lo que “creemos decir” el lenguaje es una trampa por la cual existe el mundo, vale decir, sin lenguaje no hay mundo, la palabra nos toma y nos aleja de lo que deseamos, puesto que siempre en ella existe la posibilidad de metaforizar y por tanto de un sin-sentido que sólo a medias precisa lo que se desea decir y en ese confortable y anestesiado amortiguamiento de la palabra, me eclipso en algo que me trasciende y es excéntrico a mí, una imagen y una palabra me hacen ser y perderme en un continuo desconocer que me invita inevitablemente a conocerme.


REFERENCIAS

Albornoz, E. (1998). Introducción a la lectura de Jacques Lacan, La dialéctica hegeliana y el deseo de reconocimiento. En: http.//www.edupsi.com/freud-lacan,1998.

 

Alcaide I, & Muñoz, N. (2012). Psicoanálisis una mirada conceptual teórica. Editorial Casa de Barro.

 

Bleichmar & Bleichmar (1986). Psicoanálisis después de Freud. Mexico: Paidos.

 

Coloma J. A. (2012). El oficio en lo invisible. Ocho libros editores.

 

Dor, J. (1986). Introducción a la lectura de Lacan. Barcelona: Gedisa.

 

Freud. S. (1904- 1905). Sobre psicoterapia. Editorial Amorrortu,

 

Lacan J. (1958). Las formaciones del inconsciente.

 

Nasio, J. D. Enseñanza de 7 conceptos cruciales del psicoanálisis, Gedisa (1998).

 

Sartre J. P. (1966). El ser y la nada. Editorial Losada.

 

Thibiergue (2008). Seminario Clínica de la Identidad. Noviembre.









 


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