REVISTA DE PSICOLOGIA -GEPU-
ISSN 2145-6569
IBSN 2145-6569-0-7

   
 
  Freud y el pensamiento moderno

Freud y el pensamiento moderno
 

Marco Alexis Salcedo Serna
 

 

Universidad Nacional de Colombia / Colombia

 

 

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Marco Alexis Salcedo Serna. Profesor Asociado, Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Ingeniería y administración, Palmira. Correos electrónicos: masalcedos@unal.edu.co, marcoalexissal@hotmail.com.

  


Recibido:
4 de Febrero de 2017
Aprobado: 2 de Junio de 2017 

 
Referencia recomendada: Salcedo, M. (2017). Freud y el pensamiento moderno Revista de Psicología GEPU, 8 (2), 131-142.
 
Resumen: El siguiente artículo se propone analizar el papel que cumplió el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, en el pensamiento occidental moderno. Se afirmará en el texto que Freud fue una  figura intelectual central en el pensamiento que caracteriza a esta época.  La discusión se alimenta especialmente  de las afirmaciones producidas por dos  personajes emblemáticos de la filosofía contemporánea, Michel Foucault y Richard Rorty, quienes no sólo resaltan  el papel fundamental de la doctrina freudiana en nuestra cultura sino que también indican sus  principales aportes. Al final se concluye que esta discusión sobre Freud deja planteada una cuestión filosófica todavía no resuelta: ¿qué es la modernidad? 
 

Palabras Clave: Psicoanálisis, Modernidad, Psicología, Foucault.

Abstract: The following article analyzes the role played by the father of psychoanalysis, Sigmund Freud, in modern Western thought. It is established in the text that Freud was a central intellectual figure in thinking that characterizes this era. The discussion is especially feeds statements produced by two emblematic figures of contemporary philosophy, Michel Foucault and Richard Rorty, who not only highlight the fundamental role of Freudian doctrine in our culture but also indicate its main contributions. Finally we conclude this discussion of Freud leaves raised a philosophical question still unresolved: What is modernity?
 
Key words: Psychoanalysis, Modernity, Psychology, Foucault.

 
La importancia de Freud como pensador moderno
 
Cosa consabida es señalar que Sigmund Freud es una de las figuras intelectuales más importantes de la reflexión psicológica. En un libro corriente de psicología general o de historia de la psicología se dedicará cuando menos uno de sus capítulos centrales a describir los planteamientos generales de la doctrina freudiana, principalmente los más conocidos, como sus referencias teóricas a la sexualidad, las pulsiones, el inconsciente, los mecanismos de defensa, el superyó, entre otros. En los listados de “The 100 Most Eminent Psychologists of the 20th Century” Freud aparece como héroe de una ciencia, la psicología, cuya labor profesional le permite disputar la gloria máxima con otros “grandes psicólogos” como Jean Piaget, Carl Rogers, Wilhelm Wundt, Burrhus Frederic Skinner (Haggbloom, 2002, pág. 144).  

La razón típica que se emplea para explicar por qué ellos han sido catalogados como los más eminentes psicólogos, señala que sus investigaciones lograron discernir algunos de los aspectos más fundamentales de la condición humana, no percibidos por todos aquellos quienes les antecedieron. Este aserto es una inconfundible componenda de la racionalidad positivista que ha dominado la historiografía de las ciencias, y que hace creer que toda forma de discurso valido corresponde a un acercamiento a la verdad,  producto del esfuerzo intelectual por reducir el anclaje que ha tenido la humanidad en las explicaciones metafísicas propias del pensamiento precientífico. De este modo, Freud, al igual que los otros héroes intelectuales de la psicología, serían elogiados por haber desarrollado con su teoría una empresa des-mistificadora, una empresa de superación de algunos de los errores y distorsiones que dominaban la comprensión de lo humano en las épocas anteriores, marcando así extensamente la manera en que los psicólogos actualmente piensan y actúan como profesionales y científicos. 

Esta máxima le confiere a Freud una distinción que no es insignificante y su justificación es probable que le resulte plausible para la gran mayoría de los profesionales de la psicología. Sin embargo, es problemática si se analiza con cuidado, pues encierra la doctrina freudiana dentro las huestes de un psicologismo disciplinario que él mismo cuestionó, y que él supo trascender. Además, la mirada intra-disciplinaria no permite ver que Freud repercutió con gran estruendo más allá del campo disciplinar de la psicología. Desde esta lectura intradisciplinaria, los autores de la psicología a destacar son tantos que se puede realizar sin mayor dificultad un listado de cien nombres (Haggbloom, 2002), pero viendo la realidad disciplinaria por fuera de la psicología, en el contexto general de la filosofía, las ciencias humanas y sociales, la lista de honor empieza reducirse a unos cuantos, hasta el punto que establecer una lista de 10 nombres de psicólogos que hayan transcendido su ciencia resulta un enorme desafío. 

Particularmente, desde la filosofía, además de Freud, se puede recordar, por ejemplo, a Jean Piaget, quien en la década de los años 60 fue visto por varios filósofos como fuente de algunas de las ideas que transformaron la manera de aprehender sus objetos de investigación filosófica. Verbigracia, Thomas Kuhn en su célebre libro de 1962 La estructura de las revoluciones científicas, señala que él tenía una deuda intelectual con Jean Piaget (1983, pág. 11), quien junto con los psicólogos de la Gestalt le permitieron pensar a la ciencia y sus cambios de una manera completamente distinta a como la tradición historiográfica positivista lo indicaba. 

Otro psicólogo que cabe mencionar y que logró superar los restrictivos confines de su disciplina fue Jhon Dewey, precisamente más conocido por su condición de filósofo y de pedagogo que de psicólogo.  Junto con Charles Pierce y William James, Dewey constituyó el movimiento filosófico pragmatista, de enorme impacto en la filosofía norteamericana contemporánea.  Y finalmente se puede nombrar a B. F. Skinner, cuyo radical pensamiento sobre el comportamiento humano le permitió convertirse en un punto de referencia para autores de diversas disciplinas en el siglo XX, entre ellas, la filosofía. 

“El tipo de críticas que suscita su obra es prueba de la calidad e importancia de su pensamiento. Se han hecho una media docena de análisis críticos serios sobre uno u otro aspecto del pensamiento de Skinner. La revista inglesa Punch publicó una sátira de una página sobre las máquinas de enseñar y la enseñanza programada…. Joseph Wood Krutch, eminente crítico literario de la Universidad de Columbia, escribió en The measure of man  (1953) una crítica de Walden dos, calificándola de “vil utopía”. Michael Scriven (1956) leyó pasajes de su obra A study of radical behaviorism en un coloquio de filosofía de la ciencia organizado por la Universidad de Minnesota. Noam Chomsky (1959), profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts, publicó en Language una larga crítica   lingüística de Verbal behavior …. En todas las categorías intelectuales, una serie impresionante de personalidades ha estudiado a Skinner con suficiente seriedad para medirse con él”  (Smith, 1999. Pag 8 ).

Ahora bien, si nos salimos del contexto de la ciencia y la filosofía contemporánea y nos ubicamos en un escenario muchísimo más vasto como es el de la cultura occidental, que cubre cuando menos 26 siglos hasta la fecha de hoy, subdividida filosóficamente en dos grandes periodos, la época antigua y la época moderna, desde ese contexto tan general en el tiempo y en el espacio, sólo unos cuantos nombres sobresaldrían, de millones y millones que se podrían enumerar. Sabemos que en el período antiguo de la cultura occidental destacan: Homero, el gran educador, "quien educó a Grecia y que, en lo que se refiere al gobierno y dirección de los asuntos humanos, es digno de que se le coja y se le estudie” (Platón citado por Ortega, 1999. Pág 58); Sócrates, una figura histórica que Pierre Hadot señala comparable a Cristo (Hadot, 1998. Pag 35), pues, entre otros aspectos, dividió el pensamiento filosófico en dos, en los presocráticos y los socráticos; Platón, de tal transcendencia en el pensamiento filosófico que llevó a que el filosofo de Cambridge. 

El inglés Alfred Whitehead indicara que la filosofía occidental no era sino notas a pie de página de los diálogos de Platón; Aristóteles, magister Alexandri magni, el maestro de Alejandro Magno, cuyo corpus intelectual tuvo tal autoridad en la edad media, que por antonomasia su nombre representó la figura del Magister;  y Cristo, palmariamente el personaje de orden religioso y espiritual más famoso e influyente de la historia de occidente. Estos son sin duda los personajes más importantes del pensamiento antiguo occidental, pues toda forma de discusión, de justificación racional, de estructura social y política, de relación consigo mismo, de trato con los demás, estuvo marcada por el pensamiento de alguno de ellos. 

Por su parte, en esta época actual, la moderna, otros son los nombres que despuntan sobre los demás, provenientes de campos disciplinares distintos, pero todos con la particularidad de que han constituido el nuevo espejo desde el cual el hombre occidental se mira, con las implicaciones sociales, políticas, individuales, que puede generar la nueva imagen que adoptamos de nosotros. En un listado selecto de nombres estarían por lo menos Martin Lutero, Nicolás Copérnico, Rene Descartes, Enmanuel Kant, Isaac Newton, Charles Darwin, Karl Marx, Frederick Nietzsche, Albert Einstein, y por supuesto, Sigmund Freud. Si adoptáramos el abreviado listado que propuso Michel Foucault para enumerar a quienes más profundamente han constituido el ethos moderno, nuevamente allí se encuentra Freud, al lado de Marx y Nieztsche (Foucault, 1969). Y si abrazáramos la enumeración hecha por el mismo Freud, entre los patronímicos a relucir estarían los de Copernico, Darwin, y el de él  mismo.  En ese sentido, en un acto de muy poca modestia, Freud afirmó lo siguiente: 

En el curso de los tiempos, la humanidad ha debido soportar de parte de la ciencia dos graves afrentas a su ingenuo amor propio. La primera, cuando se enteró de que nuestra Tierra no era el centro del universo, sino una ínfima partícula dentro de un sistema cósmico apenas imaginable en su grandeza. Para nosotros, esa afrenta se asocia al nombre de Copérnico….  La segunda, cuando la investigación biológica redujo a la nada el supuesto privilegio que se había conferido al hombre en la Creación, demostrando que provenía del reino animal y poseía una inderogable naturaleza animal. Esta subversión se 'ha consumado en nuestros días bajo la influencia de Darwin, …. Una tercera y más sensible afrenta, empero, está destinada a experimentar hoy la manía humana de grandeza por obra de la investigación psicológica; esta pretende demostrarle al yo que ni siquiera es el amo en su propia casa, sino que depende de unas mezquinas noticias sobre lo que ocurre inconscientemente en su alma (Freud, “, pág. 260).

Esta última enumeración no es consecuencia de la muy alta estima en que Freud se tenía a sí mismo. Paul Ricouer, Michel Foucault, Donald Davidson, Jerome Bruner, Richard Rorty, Jurgen Habermas, en fin, intelectuales contemporáneos de elite, unos franceses, otros norteamericanos, otro Alemán, coinciden en señalar que sin importar el numero de personajes que conformarían el catálogo de autores que han determinado el “nosotros” que nos rige en la actualidad, pequeño o grande, el nombre de Freud estaría allí, por cierto él único de la larga lista que conviene en establecer la crónica disciplinaria de la psicología de los 100 psicólogos más influyentes en su historia. No hay ningún otro, sólo Freud. Desde la misma época de vida Freud esto ya se anticipaba. Al respecto decía Ortega Y Gasset: 

“El Dr. Sigismundo Freud es un judío profesor de Psiquiatría en Viena. Esto es ya bastante. Pero, según un número considerable de gentes, de médicos jóvenes, sobre todo, es mucho más que eso: es un profeta, un descubridor de ciertos secretos humanos, cuya patentización ha de ejercer una profunda influencia reformadora no sólo en la terapéutica de los neuróticos, sino en la psicología general, en la pedagogía, en la moral pública, en la metodología histórica, en la crítica artística, en la estética, en los procedimientos judiciales, etcétera” (Ortega Y Gasset. 1966. pag 219).
 
El colosal honor que Ortega ya comenzaba a anticipar del lugar que ocuparía Freud en la galería de los próceres ilustres del pensamiento moderno y años después muchos otros confirmaron, no es debido a que él haya descubierto, a la postre, la verdad última de la condición humana, sacándola de esa maraña de confusiones, errores y desaciertos que doctrinas anteriores cometieron. “Decir que el léxico de Freud capta la verdad de la naturaleza humana, o que el de Newton capta la verdad de los cielos, no es explicar nada” (Rorty, 1991, pág. 31). La gloría de Freud tampoco es producto de que haya establecido el único dispositivo terapéutico útil para ayudar a las personas a enfrentar su malestar psíquico; bien se sabe que hay muchas formas de psicoterapias (Sampson, 2001), y bien se sabe, a través de lo que varios investigadores han llamado the paradox of outcome equivalence (Luborsky, Singer, and Luborsky, 1975) que no existe un modelo terapéutico cualitativamente superior en comparación con otros; todos ellos, cuando han sido implementadas por un terapeuta competente, logran resultados destacables en los objetivos que establecen. Ni él mismo Freud, con su poca modestia, hubiera afirmado la infalibilidad teórica y aplicativa del psicoanálisis. Al fin y al cabo, Freud era un científico, y cualquier científico sabe que toda teoría que se precie de tener ese estatuto epistemológico, es susceptible de ser eliminada, hasta la más ratificada.

Freud entendía muy bien en qué radicaba su máxima gloria, la cual podía conllevar a que su nombre continuara “en el curso de los tiempos”. Y la revela precisamente en ese anterior fragmento en el que dice que su nombre iba a estar al lado de otros dos notables del pensamiento moderno, Charles Darwin y Nicolás Copérnico. Los grandes protagonistas del pensamiento moderno han sido quienes a través de sus doctrinas han diluido la confianza que la humanidad occidental ha tenido hacia ciertos supuestos, especialmente de aquellos que han guarnecido el orgullo (narcisismo) y la seguridad de la acción y decir humana. Acertadamente decía Ortega y Gasset, “El doctor Freud… un ciudadano que, entre otras cosas, se dedica a interpretar los sueños de los neurasténicos acaudalados, como aquel mancebo de la Biblia solía hacer con las pesadillas de Faraón… es, en realidad, ... un hombre ingenioso, … ocupado en desmoralizar la especie adamita” (Ortega Y Gasset. 1966. pag 219) 

La doctrina freudiana, más allá del modelo de mente que formuló y que compete fundamentalmente a psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas, implementó una notable tarea de crítica hacia variados supuestos del pensamiento occidental que muy pocos han conseguido, especialmente filósofos. Por ello, Foucault llegó a aseverar lo siguiente: Freud n'était pas philosophe et n'avait aucune intention de l'être. Mais le fait qu'il ait décrit la sexualité comme il l'a fait, qu'il ait ainsi mis au jour les caractéristiques de la névrose et de la folie montre qu'il s'agit bien d'un choix originel. À bien y réfléchir, un tel choix opéré par Freud est bien plus important pour notre culture que les choix philosophiques de ses contemporains, comme Bergson ou Husserl (Foucault, «Folie, littérature, société».  Pág. 974). Que sea más transcendental para nuestra cultura la labor reflexiva desarrollada por Freud que la efectuada por filósofos profesionales como Bergson y Husserl quizás sea un asunto que requerirá mayor discusión, pero por lo menos nos indica que hay en la elaboración freudiana una serie de aportes inestimables que deben ser expuestos y debatidos, especialmente en el área de la filosofía que más comprometió Freud con su palabra, la filosofía moral.

Freud ha sido entonces la única figura de las disciplinas Psy que se ha convertido en un tema filosófico, fundamentalmente por su empresa crítica que organizó hacia la modernidad. Ha sido norma para diversos filósofos contemporáneos exaltar a Freud, postulándolo como guía de reflexión, cada vez que se hacía evidente la dimensión negativa, crítica, de su propuesta. Su metapsicología propició profundas des-ilusiones hacia principios fundamentales que estructuraron formas de saber y prácticas sociales milenarias de la cultura occidental. En otras palabras, su doctrina logró cumplir un papel des-mistificador, no en el sentido positivista de tender un puente hacia la morada donde habita la verdad, abandonando así erróneas creencias y explicaciones de la realidad; es desmitificador como opositor de lo que representa el término mitos, lo que implica la preservación de la irremediable distancia que el hombre tiene con lo eterno, inmutable y transcendental. Desde lecturas no positivistas (hermenéuticas e históricas), lo mítico se comprende como “lenguaje del origen”, saber de certezas, de verdades absolutas, de principios inmutables y universales, de fundamentos transcendentales, que expresan seres divinos como los sabios o iluminados. Luego, quien como Freud ilustra con su doctrina la necesaria y afortunada tensa relación que debemos tener con la verdad, anota Rorty, lo que finalmente vienen a realizar es el pasaje a un punto en el que ya no se venera  nada, en el que a nada se trata como a una cuasi divinidad, en el que se trata a todo --nuestro lenguaje, nuestra consciencia, nuestra comunidad-- como producto del tiempo y del azar. (Rorty, 1991) El sujeto con una actitud moderna pretende destituir al Mythos,  o por utilizar una expresión en boga, de-construirlo, revelando a través de su operación desmitificadora, y en alusión a la obra  más célebre de Marshall Berman, que “todo lo solido se desvanece  en el aire”

Por lo demás, esta es una labor que probablemente Freud retoma de la obra de Nietzsche, un autor cuyo pensamiento es considerado uno de los más cruciales en la filosofía contemporánea por ser responsable de ese grave estado de desorden que Alasdair Macintyre denuncia en el lenguaje moral. Macintyre declara en Tras la virtud (2004, pág. 14) que, aunque continuamos usando muchas de las expresiones clave de la moral, hemos perdido –en gran parte, si no enteramente- nuestra comprensión, tanto teórica como práctica, de la moral; de ahí entonces que concluya que sólo poseemos simulacros de moral. Nietzsche es declarado el principal responsable de esta caótica situación porque con su doctrina de la sospecha destruyó la confianza que los hombres occidentales habían depositado en una serie de principios filosóficos que habían organizado la sociedad: la verdad, el bien, la moral, la justicia. Estos principios habían tenido en Platón y en Aristóteles a sus principales mentores y se sintetizaban en la idea de Dios. Al mostrar la imposibilidad que teníamos de diferenciar entre realidad y apariencia, Nietzsche condenó a la muerte a Dios, lo que nos dejó expuestos a un agnosticismo moral cuyas repercusiones todavía no se alcanzan a vislumbrar. 

El punto a subrayar es que la empresa crítica que Nietzsche implementó contra la moral fue efectivamente continuada por otros. Numerosos filósofos, científicos y autores cerraron filas alrededor de este personaje del siglo XIX, reconociendo que sus reflexiones fueron iluminadas, en palabras de Michel Foucault, con le soleil de la grande recherche nietzschéennne (Foucault, “Préface”. En: Dits et Ecrits 1, pág. 190). Según lo dice Richard Rorty, Sigmund Freud fue en el siglo XX quien mejor logró consolidar la labor deconstructiva de Nietzsche, al “haber introducido y  haber hecho visible y aceptable la idea nietzscheana de la verdad como “un ejército móvil de metáforas”, estableciendo esta idea como un verdadero a priori del habla empírica, como un lugar común de la cultura” (Rorty, 1991, pág 35) 

Conforme a lo anterior podemos afirmar que la doctrina freudiana ha tenido un inestimable valor, no por el contenido mismo que defiende, o la explicación que formula, sino por el NO que articula. Su carácter infernal la ha hecho apreciable en extremo. A guisa de su mentalidad mitopoética nietzscheana, que lo impulsó a caminar por los senderos de la herejía y a evaporizar la consistencia de preceptos sagrados del pensamiento occidental, Freud se convirtió, de acuerdo con Bloom, citado por Rorty, en nuestro máximo teólogo y filósofo moral en nuestra era, como nuestro principal psicólogo y hacedor de ficciones (Rorty, 1991, pág. 45).  Su estrategia no consistió en convertirse en un astuto dialectico, capaz de expresar poderosos argumentos escépticos, que acompañados del peso de alguna autoridad que respaldaba el valor de verdad de lo que enunciaba, hacían dudar al más ferviente creyente. Su estrategia fue desarrollar una paciente y silenciosa labor arqueológica que supuso, en términos de Foucault, una efectiva sustitución de la reflexión de la racionalidad del conocimiento por el análisis de lo que es considerado cómo verdadero. 

No se puede desconocer que la mayoría de los autores que realzaron la proyección de Freud en el pensamiento moderno, también recalcaron en sus limitaciones y en la urgencia de trascenderlo. Verbigracia, Georges Politzer habló de la deuda que dejo Freud con el hombre moderno al no haberlo podido sacar de la condición de esclavo y de infrahumano en que la sociedad actual lo colocaba (Politzer, 1978), por ser el psicoanálisis, al final de cuentas, también víctima de los mismos prejuicios que gobernaban a la psicología clásica.  

De igual manera, Foucault le reclamó a Freud que su teoría y su terapéutica repudiaba el análisis de la alienación histórica en que se encontraba el hombre moderno. Es decir, decía Foucault en Enfermedad mental y personalidad, Freud elaboró una teoría que generaba una comprensión, un abordaje y una intervención del hombre que desconocía las condiciones históricas y sociales en que habitaba cada ser humano (Foucault, 1984). Sin embargo, y a pesar de la posible validez que se le pudiera conceder a tales cuestionamientos, a Freud se le reconoce, más allá de cualquier recelo que origine sus formulaciones, que llevó a cabo a través de su análisis una larga, infatigable investigación histórica que daba cuenta de cómo la realidad subjetiva, la dura realidad del sujeto, se fue objetivando.

La mayoría de los autores que elogian a Freud coinciden en destacar el poder que tuvo su doctrina para desencantarnos, para ayudarnos a entender que tras la bruma no existían monstruos, lo que prefigurará e impulsará todo el movimiento de discusión política en las ciencias que se producirá a mediados del siglo XX y que le permiten a Ernesto Laclau decir que el reino de la filosofía ha llegado a su fin y ha comenzado el reino de la política (Laclau, citado por Slavoj Zizek. 2001, pág 187).
 
Los aportes de Freud al pensamiento moderno
 
Entre los variados, pero fundamentales preceptos del pensamiento occidental que Freud deconstruyó podemos enumerar estos cuatro. 

La antropología positivista: Durante el siglo XIX y parte del siglo XX las ciencias humanas y sociales adoptaron a las ciencias naturales como modelo de ciencia, las cuales determinaron el método a utilizar y la forma de análisis teórico a llevar a cabo. Todas las disciplinas que estudiaban la condición humana abordaron teóricamente la dinámica de funcionamiento del ser humano basadas en la isomorfía de La Mettrie del Homme machine, que suponía la existencia de fuerzas causales de la acción humana iguales en dignidad a las fuerzas físico químicas inherentes a la materia y reducibles a la fuerza de atracción y repulsión. Guiados por las pautas que brindaban estos planteamientos, la psicología, la sociología, la medicina, la antropología, entre otras, se propusieron sustituir el lenguaje metafísico de las elaboraciones nocionales precientíficas por un lenguaje similar al que se originaba en la descripción de los mecanismos que exponía la física y la química. Como es obvio suponerlo, este fue un propósito disciplinario que no avanzó sin una fuerte resistencia. 

Verbigracia, el filósofo Franz Brentano, el maestro de Husserl, cuestionó la metáfora de La Mettrie sosteniendo que los seres humanos tenían libertad de querer, facultad de deliberar y capacidad de adoptar y dar vida a algunas cosas por medio de la discusión. A su turno, Edmund Husserl, continuó las enseñanzas de su maestro, transmitiendo en varios de sus textos su preocupación por las nefastas consecuencias que traía para la sociedad contemporánea la consolidación de la mentalidad positivista en la comprensión del ser humano. La reducción positivista de la idea de ciencia a mera ciencia de hechos, afirmó Husserl, era un grave error, puesto que implicaba la pérdida de significación para la vida (Husserl, 2008). Entonces, independientemente de cualquier formulación freudiana, el pensamiento positivista fue objeto de duro reparos. 

Lo que tiene de particular la crítica que desarrolló Freud contra esta antropología positivista es que su doctrina fue la que logró el efectivo desengaño por ese modelo positivista, permitiendo que los psicólogos pudieran percibir la importancia de temáticas antes no integradas en la reflexión psicológica como el sentido, la historia, los conflictos sociales, las pautas culturales (ver Foucault, 1994). En efecto, “fue en el curso de la reflexión freudiana como el análisis causal se transformó en génesis de significaciones, como la evolución dio lugar a la historia, y como se substituyó el recurso a la naturaleza por la exigencia de analizar el medio cultural” (Foucault, 1994, pág. 10). Décadas antes de que Foucault afirmará lo anterior, Georges Politzer ya lo había indicado. Politzer afirmó que la principal virtud de la obra de Freud es que proporcionaba una visión verdaderamente clara de los errores de la psicología clásica. Aunque fue también crítico severo del psicoanálisis, por no haber logrado aniquilar lo que él llamó la mitología de la psicología clásica, no obstante, señaló que la verdadera psicología comenzaba con el psicoanálisis. 

La verdadera psicología, afirmó, empieza a surgir de la reflexión que establece el psicoanálisis. Según Politzer, de todas las propuestas de psicología de la época, sólo el psicoanálisis ofrecía las herramientas conceptuales para comprender la dramática del hombre (Politzer, 1978).  El hecho decisivo a destacar es que esta transformación radical que sufrió la psicología repercutió más allá de ella, convirtiendo a Freud en fuente de inspiración para antropólogos (por ejemplo, para Franz Boas), sociólogos (La Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt, que intenta la conjunción de la teoría marxiana con la de Freud), médicos (principalmente con el surgimiento de la psicosomática), y hasta lingüistas. Foucault subraya que está revolución que vivió las ciencias humanas, en la que se adoptaron nuevas problemáticas de reflexión, nuevas relaciones de análisis con sus objetos de estudio que antes no se consideraban, fue posible a partir del descubrimiento del inconsciente, trayendo como consecuencia un efecto epistemológico escasamente documentado por los historiadores de las ciencias: con los auspicios de este constructo teórico, la psicología logró confiscar la mayor parte de los dominios que cubrían las ciencias humanas, convirtiendo  de una u otra manera a éstas en ciencias de la psique, o mejor, en ciencias freudianas (Foucault, 1998). 

El yo-conciencia. Si se puede afirmar que la doctrina psicoanalítica es la primera y más exitosa empresa de desobjetivización de una disciplina científica en nuestra época, es porque la iniciativa freudiana procedió a desmantelar varios de los petitio principii de la psicología, especialmente los más fundamentales, como el que proclama que todo lo psíquico es consciente. El derecho, la filosofía moral, la psicología y otras disciplinas elaboraron variadas propuestas teóricas desde el supuesto de que en el interior del hombre  se asentaba plenamente el poder iluminativo de la conciencia. Con las luces proporcionadas por esta instancia psíquica, se estableció que el hombre tenía libre albedrio, y por tanto, podía ordenar su modo de vida de acuerdo con los deseos que lo animaban. Sin embargo, la obra de Sigmund Freud promulgó una doctrina que señalaba que existían innumerables hechos que desmentían el primado absoluto del Yo-consciencia en las actuaciones de las personas. 

La comprobación de que la conciencia en sí misma, no permitía explicar ni configurar los efectos patógenos de la enfermedad psíquica fue una de las grandes razones que condujo a Freud al cuestionamiento de este fenómeno primordial de lo anímico. “En sanos y en enfermos aparecen a menudo actos psíquicos cuya explicación presupone otros actos de los que, empero, la conciencia no es testigo” (Freud, “Conferencias de introducción al psicoanálisis. La fijación al trauma, lo inconsciente”, pág. 163). Las narraciones que hacían sus pacientes de una serie de circunstancias en sus vidas que inducían la creencia en un destino aciago e ineludible, controvertía radicalmente el supuesto de que las acciones realizadas por los individuos emanaban de una razón consciente de los propósitos y fines que se pretendían alcanzar.

Tras observar que los datos de la conciencia eran altamente lagunosos, Freud concluyó  que “el yo juega ahí el risible papel del payaso de circo, quien con sus gestos, quiere mover a los espectadores a convencerse de que todas las variaciones que van ocurriendo en la pista se producen por efecto exclusivo de su voluntad” (Freud, Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico. pág. 52). De este modo,  Freud mostró que la conciencia era, al decir de Lacan, un efecto de superficie, desmoronando la confianza que una época depositó en la conciencia como garante del valor de verdad del conocimiento que se construía; “Podemos empezar a comprender  el papel de Freud en nuestra cultura concibiéndolo como el moralista que contribuyó a desdivinizar el yo haciendo remontar la consciencia a sus orígenes, situados en las contingencias de nuestra educación” (Rorty, 1991, pág. 40). 

El padre: Durante siglos se estableció que el padre, en su versión ideal, sabio, filósofo o santo, con su ley, sabiduría y moral podía garantizar el primado de la justicia, la verdad y el bien público en la sociedad. Según este punto de vista, la barbarie se producía cuando su palabra justa no reinaba, cuando el mundo caótico de lo femenino, de lo irracional, de lo animal tomaba el control del individuo o de la sociedad. Aunque resulta indiscutible que algunas aseveraciones freudianas son producto de esta perspectiva, no obstante, Freud, nietzscheano en su decir, ante todo afirmó y desde el principio de su doctrina que la cura del malestar psíquico del sujeto no tenía su posibilidad con el padre.

 En oposición a lo que se creía, él era la causa de la neurosis del individuo, una causalidad que Freud nombró como la Vateraetiologie. Siguiendo este lineamiento, Freud cuestionó supuestos filosóficos milenarios que hacían de la asunción de la ley moral paterna una condición para la virtud del sujeto. Señaló que los mandatos de la conciencia moral del sujeto no alejaban a los individuos de la maldad, sino que precisamente lo conducía a caer en ella. Su conclusión al respecto resultaba paradójica por cuanto indicaba que un aumento del sentimiento de culpabilidad conduce a las personas a actuaciones en contra de la ley moral y jurídica, siendo por tanto este sentimiento causa de actos delictivos, no su resultado (Freud, Los delincuentes por sentimientos de culpa).

Para Freud, la vida en comunidad era factible sólo con la muerte del padre. Como en el mito freudiano de la horda primitiva, la “eliminación del padre” era condición sine qua non para que el sujeto hiciera parte de sí las prohibiciones culturales, y si el sujeto pretendía adecuarse a los requerimientos morales del buen padre sólo conseguía una actitud enteramente desengañada con su propia conducta; al final de cuentas, decía Freud, eran  precisamente estas personas que habían llevado la santidad más lejos  las que se reprochaban a sí mismas con la peor maldad. De este modo, la doctrina freudiana fue un duro cuestionamiento a la figura mítica del padre, del que se sustrajo conclusiones para la crianza de los niños (Pipher, 2000), que Freud nunca señaló (La visualización de las pautas de  crianza de antaño como prácticas “traumatizadoras”; la magnificación de los errores de los padres en la crianza de sus hijos y la consecuente culpabilización hacia los padres de los errores de sus hijos; etc), pero que expresan el espíritu crítico de su punto de vista con el padre. 

El signo: Un cuarto mito que Freud contribuyó a diluir es el del signo.  En “Nietzsche, Freud, Marx”, Foucault asevera que el principal objeto de intervención de la operación freudiana fue el signo. Según Foucault, Marx, Freud y Nietzsche transformaron profundamente el espacio de repartición en el que los signos podían ser signos (Foucault, 1969), permitiendo a éste adquirir un inesperado régimen ontológico con el cual se logra fundar una nueva hermenéutica (Foucault, 1969). 

En esta nueva hermenéutica, la moderna, los signos son concebidos como malévolos e hipócritas, pues son portadores de una máscara que oculta, niega y justifica la «robisonada», «El juego de niños»  que hay en él. Esto es, su exterioridad, el carácter abierto que tiene,  la infinitud del mundo de interpretaciones  en el que se encuentra inscrito.  En la hermenéutica moderna el signo carece de suppositum,  el significado original, la sustancia primera a la que el signo sería veladamente su sustituto. Según Foucault, Freud fue uno de los principales autores responsables de esta pérdida en el signo, proponiendo como objeto de la labor exegética, una interpretación. Foucault recuerda que para Freud el fundamento mismo del mundo psíquico del individuo son «fantasmas», que no eran otra cosa que interpretaciones que los sujetos hacían de otras interpretaciones (Foucault, 1969). 

Freud entonces permitió  comprender que los signos no representan a la realidad y que su oscuridad no es debida a su inexpugnabilidad sino a su astucia por engañar a los hombres, al hacerles creer que guardan un lazo natural con lo que nombran. Esta ilusión, una vez revelada nos permitió entender que como humanos estábamos imposibilitados a poder llegar a establecer una plena diferencia entre lo que es la realidad y lo que es la apariencia, dado que el objeto natural de la hermenéutica moderna es, en última instancia, el sujeto (Foucault, 1969). 
Conclusión

Los discernimientos de los autores mencionados en este documento dejan cuando menos planteada la cuestión del papel que ha cumplido Freud en nuestra cultura, y del sentido histórico que se le puede otorgar a nuestra época, la moderna. Como quiera que se responda a la pregunta de qué es la modernidad, varias líneas de pensamiento filosófico coinciden en señalar que nuestro proyecto cultural actual se caracteriza por cuestionar y denunciar cualquier enfoque teórico que intente captar el “es” de la realidad, lo que ha conducido a que los pensadores contemporáneos, llámense como se llamen, filósofos, científicos, intelectuales, se centren en indagar, no en la esencia de la realidad humana, sino en el conjunto de decisiones ético-políticas que han estructurado una forma de pensamiento hegemónico. Es desde este marco de comprensión, que Sigmund Freud se convirtió en objeto de discusión filosófica. 

Una anotación final es necesario hacer: Foucault asegura que toda obra filosófica contemporánea tiene a Hegel como su interlocutor. “…toda nuestra época, bien sea por la lógica o por la epistemología, bien sea por Marx o por Nietzsche, intenta escapar a Hegel” (Foucault, 2002, pág. 21). Pues bien, si es licito suponer que Hegel es por antonomasia el interlocutor de toda reflexión actual, debe indicarse que la exaltación que han hecho  Politzer, Ricouer, Foucault, Davidson, Bruner, Rorty y Habermas de la obra freudiana tiene su razón de ser en  las herramientas conceptuales que brindaba su doctrina para sustraerse, en alguna medida, de la jaula hegeliana en que se ha encerrado el pensamiento contemporáneo, sin desmerito de las limitaciones que pueda tener el freudismo para constituirse en la vía de fuga más eficaz al hegelismo. 
 
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