REVISTA DE PSICOLOGIA -GEPU-
ISSN 2145-6569
IBSN 2145-6569-0-7

   
 
  Cartas al Editor Vol. 3 No. 1

 

¿El Sentido del Trabajo o “Trabajo Sin Sentido”? 
 

 

Por: Ramon Chaux Puentes


 



Recibido:
 07 de Septiembre de 2011 

 

Ramón Chaux Puentes es Psicólogo egresado de la Universidad del Valle en la promoción de 1992.

Correo electrónico: raymond.chaux@gmail.com 
    


Voy comenzar este pretendido artículo sobre el trabajo hablando sobre otro aspecto comúnmente asociado al mismo: El dinero.

 

¿Por qué tipo de cosas está dispuesto usted a pagar su preciado y bien sudado dinero? Para hacer más fácil la respuesta podría preguntar: ¿en que gastó usted su último salario? Las respuestas típicas a lo mejor sean como esta: “compré una camisa, invite a mi pareja a comer, compré un regalo de cumpleaños, pagué los servicios públicos y puse gasolina al carro... ah! Y pague el salario de la empleada de servicio y del señor que pintó mi cuarto”.

 

Detrás de todos estos “egresos” resulta muy notable y evidente que obtuvimos un beneficio de todo lo que pagamos: disfrutamos con nuestra pareja, obtuvimos derecho a luz, agua y teléfono y podemos lucir nuestra camisa nueva. Y claro, disfrutamos con el apartamento limpio, la ropa planchada y el cuarto pintado. Queda claro que el 99.99% de nuestro preciado salario no lo gastamos si no tenemos una clara conciencia del beneficio recibido.

 

Como conclusión encontramos que la mayoría de los mortales no está dispuesta a soltar un centavo a menos que el beneficio obtenido sea evidente o al menos previsible o anhelado. Naturalmente se excluyen de aquí los filántropos y dedicados a la caridad, que por cierto, presumo, no es el suyo y tampoco mi caso.

 

Sin embargo en el lado opuesto, no tenemos una clara conciencia de que al comprar la camisa estamos contribuyendo al salario de la persona que pegó los botones de nuestra camisa, a aquel que deshuesó el sabroso pollo que degustamos en la cena con nuestra pareja y que también aportamos al salario del inspector de teléfonos.

 

Hecho este preámbulo, ahora si, hablemos del trabajo. Cierto día pregunte a algunas personas de la empresa X sobre la naturaleza de su trabajo. Las respuestas fueron como estas:

 

Una secretaria: “La mayor parte del tiempo estoy contestando llamadas y la restante haciendo cartas para mi Jefe”. Un Agente del Centro de Contacto: “Respondo llamadas entrantes  aunque a veces apoyo campañas de llamadas salientes”. Un auxiliar de archivo: “Mi trabajo consiste en digitar los números de radicación del archivo”. Otra persona de mayor jerarquía dentro de la organización no halló otra mejor forma de describir su trabajo que nombrar la denominación de su cargo: “¿Mi trabajo? Soy psicóloga de selección”.

 

Si bien no lo puedo asegurar con absoluta certeza, la naturaleza de estas respuestas me deja entrever que estas personas no tienen claro los beneficios que aportan a la organización de la manera tan clara como ven los beneficios cuando son ellos los que invierten su dinero en un servicio.

 

Si lo anterior no fuera cierto las respuestas pudieran haberse parecido a estas:

 

Secretaria: “Mi trabajo consiste en garantizar la comunicación eficiente de mi Jefe, facilitándole que se concentre en las decisiones importantes que El tiene que tomar”. Agente de Centro de Contacto: “Ayudo a resolver las inquietudes de al menos cien personas diarias y en ocasiones hago llamadas que transmiten información importante a los usuarios”. Auxiliar de Archivo: “Garantizo que la información de archivo quede ordenada de manera que resulte fácil la consulta de toda la documentación de la empresa”. Y por último nuestra amiga psicóloga no hubiera recurrido al nombre de su cargo sino que habría aludido a que garantiza personas idóneas y competentes para la organización.

 

Si nos devolvemos un poco, ¿tendría tanta conciencia de lo que contribuyó a mi felicidad aquel o aquella que pegó los botones de mi camisa? ¿Quien deshuesó nuestro pollo se dio cuenta del placentero momento que disfrute con la pareja? ¿Y quienes sudaron varias horas cavando el hoyo para plantar el poste de teléfonos sabían la importancia que tiene para mí ese hecho? Pues fueron tan importantes que fuimos capaces de “desprendernos” del preciado dinero y de aportarlo para que al menos una parte de lo que pagamos por esos beneficios se convierta en su salario.

 

Trabajo= Beneficio

 

Toda acción humana que se llame trabajo ineludiblemente significa un beneficio ajeno. No podemos pensar en ninguna actividad de “Trabajo” que no conlleve una utilidad, un producto, un servicio o que reporte dividendos o bienestar a otros seres. Si esta premisa no se cumple tal vez la actividad que estamos desarrollando entonces no deba llamarse trabajo.

 

Entonces, ¿por qué resulta tan frecuente que las personas no reconozcan, o al menos no tengan tan claro que todas las actividades que desarrollan en su día a día laboral es parte de un eslabón que finalmente conllevará felicidad y bienestar a otros semejantes?

 

Si logramos identificar y reconocer que nuestras acciones en el trabajo deben por lo general estar orientadas todas a garantizar algún tipo de servicio o beneficio entonces a lo mejor pierde sentido la famosa frase de Marx sobre la alienación del trabajo. Si quien pega los botones de la camisa tiene clara conciencia de nuestra felicidad al lucirla podemos estar seguros de que hará mas motivado su trabajo e igual con los demás ejemplos mencionados.

 

El ser humano esta hecho para ser trascendente. No por capricho los antropólogos han colocado la construcción de  herramientas (y por tanto el trabajo) como uno de las piezas fundamentales en la separación entre lo animal y humano.

  

Nos hemos preguntado acaso ¿por qué los magnates, con tanto dinero como para que no se les acabe nunca sin privarse de ningún lujo, siguen trabajando?

Más allá del dinero, mas allá de la necesidad de subsistir por un salario está, unas veces clara u otras veces escondida, la necesidad de ser importante y de ser reconocido por el servicio que prestamos, por nuestra profesión o por lo bien que hacemos tal o cual cosa. 

Así las cosas, resulta necesario replantear la forma como transmitimos (o asumimos) nuestro trabajo diario. El albañil no pega ladrillos; construye hogares. El motorista no conduce un bus; garantiza que cientos de personas lleguen  a un feliz destino de manera segura. Un médico no recibe a un paciente; garantiza salud y una mejor calidad de vida. Un Gerente no aprueba presupuestos, consolida recursos para que la organización funcione eficientemente y así los ejemplos podrían ser interminables.

 

Bajo esta concepción, seguramente nos comprometeríamos más con el trabajo y estaríamos más dispuestos a ir mas allá de nuestra propia responsabilidad teniendo presente que mi función, por humilde y aislada que parezca, al final aporta para que el beneficio, servicio o producto conlleve la comodidad y la satisfacción esperada.

 

Se ha preguntado usted al final del día ¿cual fue el beneficio aportado como para justificar que sacrifique su descanso y se prive de jugar y ver crecer sus hijos?

 

No convendría preguntarse a cada tarea realizada, ¿cual es la parte que estoy construyendo dentro de mi papel como trabajador y por ende, como productor de beneficios?

 

Esas cuatro horas de junta, dos horas en elaborar un acta, noventa minutos leyendo y contestando correos y dos horas firmando documentos… ¿tienen al final un claro propósito en la producción de bienestar?

 

Mi Experiencia: El Trabajo en “La Oficina”

 

A medida que el trabajo es más operativo resulta mucho más fácil identificarse con el resultado final. Los botones pegados, el pollo correctamente deshuesado y el poste de teléfonos firmemente arraigado son evidencias claras y concretas del aporte realizado a nuestra satisfacción.

 

Dentro de mi trabajo “de oficina” o mejor llamado “administrativo” no son pocas las veces en que he vuelto a casa con la sensación de que no he aportado mucho a la producción de bienestar. En los casos peores, después de un sueño intranquilo y una mañana fría y lluviosa me ha asaltado la sensación de la valía de sacrificar la calidez de mi morada y enfrentar un trafico pesado para llegar a…para llegar a… ¿a producir que? Hay que asistir a una reunión, tenemos pendiente una cita con alguien y un informe que entregar. Pero ¿y cual es el bienestar que voy a producir? ¿Cual es el sentido ultimo de las acciones que den consuelo a mi cansancio, justifiquen mis ojeras y den aliento a mi desánimo?

 

Que no entre el desaliento. Podemos empezar por proponernos al comienzo del día un propósito útil para el mismo. Podremos preguntarnos antes de cada acción cual es el propósito último y cual será el bienestar que sobre otros habrá de recaer producto de nuestras acciones. Podremos incluso preguntarnos: ¿estaría dispuesto a desprenderme de una suma igual a mi salario para que otro haga lo que yo hago?

 

Si no puede responder con un beneficio a cada acción en su trabajo, en este ensayo hay un par de buenas pistas en la solución a este conflicto: la confección de camisas y ayudantes de cocina siempre tienen más puestos de trabajo que los oficios de oficina.

 
 
La Deseducación Colombiana: Todos Somos Culpables 
 
 

Por: Luis Roberto Hernández Gómez


 

 


Recibido:
 06 de Diciembre de 2011 

 

Luis Roberto Hernández Gómez es licenciado en Filosofía y Letras, Filólogo, Psicólogo Clínico y Profesor Universitario. Correo electrónico: buoriotlers@hotmail.com    
 

El título de este trabajo no es del autor sino de Jorge Leyva Durán quien fuera hace algunos años Rector de la Universidad Católica de Colombia, bajo el cual examina los pormenores de lo que el cree es la problemática de la educación en Colombia, y que en todo caso coincide con mi forma de pensar y entender esa problemática. Llama la atención el estilo directo que emplea para formular una denuncia que más que eso representa un estado de inconformidad y de preocupación, que debería ser el estado natural de todo educador. Entonces me di a la tarea de encontrar por mi cuenta otras causas probables que complementaran ese bosquejo que en su momento pasó desapercibido como suelen pasar tantas cosas delante de nuestros ojos en un mundo tan cambiante, cuya característica principal es la celeridad sin el asombro por falta de espacio y de tiempo para sorprenderse. Empieza Jorge Leyva Durán con esta reflexión: “hace poco era común el comentario: ¡Qué dolor el país que le estamos dejando a nuestros hijos! “Hoy hay una sentencia más grave, prosigue, ¡Qué dolor la juventud que le estamos dejando al país!”  Justamente al cambiar los términos se transforma la realidad en una amenaza, no tanto para el país que alude Leyva Durán, como para los mismos jóvenes aludidos. Esta circunstancia por si sola debería cuando menos ser motivo de una política de estado cuya preocupación ocupara un lugar predominante en el plan de desarrollo educativo. Pero esto no ocurre porque la educación no es predominante ni hay políticas de estado centradas en su promoción y desarrollo. No se vislumbra por parte alguna el interés de fomentar una educación de grandes alcances cuyas bondades transformadoras de los espacios y los ambientes transfiera el espíritu cultural que enaltece a los pueblos. Solo se percibe un estancamiento en todos los ámbitos atribuible a la mezquindad  política de los responsables de administrar con eficacia los recursos humanos de un país que decae frente a los inmensos retos que exige el espíritu de los tiempos. Falta imaginación para encarar el futuro; se peca cuando se confunden los términos de la realidad. Colegios, universidades, instituciones tecnológicas, edificios y grandes aulas, volumen de personas buscando estratificar la conciencia nacional, pero el resultado es mediocre. Nombres que avalan el prestigio o desprestigio institucional, estudiantes que pertenecen al prestigio o desprestigio del nombre institucional. Escisiones clasistas, pronombres y medallas... Y la educación, como un ave negra con las alas rotas. Nunca como ahora se encontró tanta simplicidad en la compleja vida de los estudiantes. No todos, claro está, las excepciones siguen siendo un referente, pero sí de la mayoría. La deseducación es una impronta adquirida a punta de malos hábitos y del derrumbamiento de la ética y los valores familiares. Nuestra cultura es una cultura de tercera o para poner el término en palabras de Theodor W. Adorno, la nuestra como parte de la industria cultural, “es una cultura de masas” o como digo yo, un culto a la ignorancia masificada, sin importar qué tan hábiles  resulten los estudiantes a la hora de conectarse con el mundo tecnológico, que entre otras cosas les ha usurpado los espacios de socialización humana para llenarlos con espacios de socialización cibernética, con el consabido resultado de asilamiento,  depresión, y soledad inspiradora de todas las desesperaciones. 

 

Se pueden aplicar infinitos enfoques psicológicos a la pedagogía moderna para resarcir el algo el daño; se pueden cambiar los espacios físicos en los que se “aprende”, se puede hacer eso y mucho más. Y el mal no se erradicará, porque se priva de afecto a los jóvenes que reclaman una familia, un lugar en el mundo que les facilite su evolución como seres trascendentales. El problema de la educación y de los productos de esa educación van más allá de los métodos y las innovaciones. “Si nos falta el afecto humano, dice Marilyn Ferguson, enfermamos, nos asustamos, nos ponemos hostiles, la falta de amor es un circuito roto, una pérdida de orden. De nada sirven las estrategias para mejorar los métodos en la educación si no se considera el amor como una asignatura de Arte mayor y no como la consideran muchos hoy, como una asignatura de Arte inferior. Si no se comprenden las razones de las necesidades las necesidades no se pueden satisfacer. Si no se ataca el miedo de frente, el miedo embestirá de lado y la sociedad arrogante entrenará maestros arrogantes, desconocedores de que ya no es tan importante encorvarse bajo el peso de los títulos. “La profesionalidad, los diplomas colgados en la pared, está decayendo en cuanto símbolo de autoridad. El amor es el poder más irresistible del universo. Cuidados amorosos: eso es en lo que consiste toda curación”. Y la nuestra, nuestra sociedad está enferma, agónica por falta de tolerancia que es la manera educada como se presenta el amor en sociedad. 

 

Al respecto dice Raymond Williams: Podemos describir en serie todos estos métodos, pero la mayoría de las preguntas realmente interesantes solo surgirán cuando llegáramos a reunir los resultados o más probablemente, al mover los resultados de todo; alrededor de la proposición, por ejemplo, de que el debate de la educación, no es solamente un suceso cultural sino también un suceso político, y de que la forma cultural implica muchas relaciones explicitas y ocultas que no hemos comprendido plenamente en el Tercer Mundo.

 

Para tratar de comprender el fenómeno es preciso someter a la apreciación del estado la situación precaria en la que se encuentra la educación en todos sus niveles, siendo tal vez el más los más graves los de la primaria y secundaria que es de donde se extrae más tarde como una revelación los problemas inherentes a su falta de calidad. Si nos preguntamos ahora, cuál es el camino a seguir, solo podríamos atinar a responder, el único posible: entender que un pueblo sin educación es un pueblo sumiso. Que un pueblo con universidades y colegios y centros de acopio del conocimiento no es ni de lejos un pueblo ilustrado sino más bien un pueblo que negocia con las necesidades y los sueños de los demás. y la visión de un panorama semejante nos acerca a lo que  verdaderamente conocemos como nuestra  realidad. 

 

“Nuestra realidad, afirma Leyva Durán, es vergonzosa: delincuencia, sicariato, pandillismo violento, droga, aborto, promiscuidad, apatía, incapacidad de reflexión, ignorancia, facilismo, consumismo, atonía moral, suicidio, prostitución, alcoholismo...” ¿Y qué otra cosa se podía esperar de una sociedad que hemos formado en el abandono y la indiferencia. La falta de una caricia puede ser tan peligrosa como el concepto del castigo laxo. No maltratar físicamente, ahora se estila maltratar psicológicamente. La negación de un beso, el rechazo rampante del padre o de la madre a su hijo porque están cansados del trabajo o del hijo, es causa suficiente para el desgano intelectual, para la apatía, para el “qué me importa la vida”. Y esta de moda el estilo, y abundan las deserciones escolares y abundan los suicidios impunes, y buscamos las causas como al ahogado, río arriba. Y pretendemos que el sistema educativo resuelva el problema, o que la psicología patológica, entienda el asunto, y el asunto no se entiende, porque no es un asunto de educación o de enfermedad sino un complejo problema de afecto que ataca como una pandemia a la sociedad entera. 

 

Parece probable que el término educación no se correlacione adecuadamente con el término superior. Una educación superior es aquella que vence paradigmas cuestionados y anima al cambio, liberando y exhortando el rigor intelectual y el valor personal en cuanto integra el saber en la propia vida de los educandos y en el progreso de los pueblos. Siempre me han llamado la atención los niños tímidos, los niños retraídos que van al colegio o a la universidad, los niños maltratados, los niños disortográficos, los analfabetas con bolsos universitarios en los cuales cargan completa la historia de su miseria. Niños no con expectativas ni curiosidad por aprender la ciencia sino con miedo. El mismo que los empequeñece y los inutiliza para crear espacios de crecimiento y en cambio crea más armas defensivas que son como frenos que no los dejan progresar. Roque Casas se refiere a este aspecto del rasgo individual como un fracaso de la educación en general. “Ese miedo, dice, hace que la inicial actitud del niño sea de rechazo a cuanto le rodea, de repulsión al medio, de fuga temerosa hacia su propio centro. Por eso repudia por igual al hombre, al animal o las cosas, sin distinción alguna. Me parece, dice, que cuando se acerca a é constituye un peligro para su integridad y rechaza con igual temor lo bello que lo feo, lo grande que lo pequeño, lo inofensivo que lo peligroso. Todo eso entraña para sí motivo de recelo. Le profesa honda desconfianza a cuanto se le acerca, incluso a la caricia extraña, al juguete nuevo, al grito repentino, al ruido inesperado, a la expresión natural de los animales, al árbol, o al objeto que se mueve, en fin a todo aquello que no le sea común. Nada le inspira confianza. Ignora la familiaridad. Esto quiere decir que el instinto de conservación domina su psiquismo. Su defensa es la desconfianza, la huída, el escondite. Sus incipientes placeres se reducen a simples compensaciones nutritivas, térmicas o soporíferas. Por eso carece de fuerzas atractivas que le sirvan de defensa.  

  

La violencia tiene su antecedente en todo esto. La industria cultural nunca será educación. La educación nunca será la industria cultural. Vender educación no es educar. Educar no es vender educación, es un acto de amor, de compasión. La vocación silenciosa de la esperanza.

  

2. No preguntes si estoy vivo o si estoy muerto porque no estoy ninguna de las dos cosas.

 

El interés profundo que la educación tiene para el educador consiste en sus extraordinarias anticipaciones. Los problemas del mundo se deben a faltas relacionadas con la educación. La violencia no es sino incomprensión y la incomprensión es el antagonismo que surge entre las ideas y el poder que hace prevalecer las unas sobre las otras. Están tan necesitados de educación en la comunicación más los padres que los hijos. Y sin aquellos falta en estos no se nota. 

 

“Estoy cansado o cansada, ve a dormir o a ver televisión, llama a algún amigo o amiga y ve a divertirte”. Esa es la comunicación del déjame en paz. Del desaparece de mi vista y no me importa lo que hagas. En consecuencia la respuesta es la violencia que confirma sin estropicios  el enorme desprecio que crece entre los que deberían formar y los que deberían estar agradecidos por ser formados en el calor del hogar, que como dice Marilyn Ferguson, “el hogar, la familia es ese clima de querer volver a casa”. ¿Pero quién quiere hoy volver a casa cuando ese clima está enrarecido por la indiferencia? Hoy en día eso no pasa. Los jóvenes no quieren volver a casa y a algunos padres poco o nada les interesa que lo hagan. Se están formando corrillos en las esquinas, se están formando pandillas en los rincones más oscuros de las calles en los barrios y  en los parques y en las casas de esos barrios donde la fantasía de la vida es riesgo animado por el consumo de sustancias psicoactivas que cumplen su papel amamantador de estimulantes familiares para la vida en pleno proceso de descomposición. Y no importa el estrato. La moda es, abandonar todos los apegos, para que se cumpla la premisa: hogares de uno, soledad de todos. Sociedad en decadencia, miseria y hartazgo; educación en crisis, deseducación y culpa de todos.  

 

3. Si se quiere cambiar la educación, primero hay que cambiar a los educadores.

  

La preocupación ya señalada de la crisis de la educación tiene cuando menos dos aspectos que se integran para conformar un solo  problema. “Los maestros enseñan pero no educan” y los pupilos así deseducados huyen de toda responsabilidad social sin ocultar la vastedad de su inconsciente irresponsabilidad. Me lo dijo un niño de apenas catorce años: “A mí si me gusta estudiar, lo que no entiendo es para qué es que estudio tantas cosas inútiles”. “A uno deberían enseñarle a vivir primero para entender la vida después y darle al estudio alguna justificación práctica”. Y tiene razón desde mi punto de vista. Da pena ver en las madrugadas en casi todas las principales ciudades que suman las carencias del Tercermundismo a niños de edades escasas, todavía expectantes en la línea divisoria entre el cielo y el infierno, encorvados por el peso de tantas cosas inútiles con la excusa de que van a estudiar y necesitan probarlo por medio los libros, las reglas, los cuadernos, los lápices y los esferos. En realidad van muy seguramente a perder desde muy temprano su instinto creativo, a distorsionar sus naturales fantasías ante la necesidad que tienen los padres de trabajar y liberarse de ellos todo un día. En esos lugares donde al primer horror se llama, de mil maneras “Mi primera aventurita”, “Mi encuentro con el dragón”, “Los genios del mañana” y cosas absurdas por el estilo, se los separa abruptamente de su mundo blanco y limpio donde las fantasías ocupan el primer lugar, y se les impone un mundo ajeno, pervertido donde  las mentiras y la violencia  constituyen todos los lugares; la entrada a una realidad cuya única verdad es que no hay verdades. Y en donde la seguridad es amenaza y coacción. Se inventan tantas cosas para desinventar su mundo en aras de educarlos para la vida, para transmitirles los valores de la cultura. Pero quienes así  lo hacen desconocen los valores humanos que son los únicos valores de la cultura. Someto a consideración el comentario que hace sobre ese particular Algirdas Julien Greimas, “Cabe afirmar sin paradoja que, desde el punto de vista de la formación cultura, las aventuras de Pinocho desempeñan en Italia y otros lugares un papel mucho más importante que decenas de miles de profesores, ya que estas aventuras __ y lo ha demostrado admirablemente mi joven colega Paolo Fabbri, son un medio, un medio excelente para el aprendizaje de las estructuras sociales. Inconscientemente al ver a actuar a Pinocho, el niño aprende el mecanismo y el funcionamiento de las estructuras sociales e integra, aceptándolos los sistemas de valores subyacentes, en forma de ideología, en tales relatos”. 

 

Ciertamente habría que revisar en nuestro sistema educativo si aún esos relatos constituyen un aspecto importante capaz de  mantener viva la gigantesca imaginación de los niños que van a la escuela. Que al decir de algunos de ellos son prisiones, que a mi parecer limitan la creación mágica de la primera infancia y alteran la ilusión latente en todas las demás etapas de la vida.

 

Podría decirse que por este medio se desconoce de facto la naturaleza de la inteligencia infantil, sometiéndola a excesos innecesarios con el propósito de trastocar la enseñanza y cobrar por perturbar el ingenio natural con el que viene provista y que no es otro diferente del de la fantasía y la creatividad. Leer a Pinocho o cualquier personaje  de los cuentos de la literatura infantil es defenderlos de vicios y defectos. Permitirles desarrollar sus capacidades lúdicas en un ambiente sano, es sembrar las semillas de una sociedad igualmente sana. Aprenderían entre otras cosas, a leer, a expresar sus emociones y a ser críticos desde edades muy tempranas, a disfrutar de la vida descubriendo los peligros y los hechos amenazantes. Y no tendrían para ello que levantarlos de madrugada. 

 

4. Leer y no comprender es no saber leer ni comprender en dónde reside el problema

 

Resulta paradójico transcribir un código lingüístico sin poder extraer la sustancia que yace en su interior. Es como tener dinero suficiente para resolver los problemas de la vida encerrado en una caja de caudales de la que solo nosotros poseemos la clave y haber perdido la memoria y morirse lentamente aferrado al recuerdo de las imágenes de los billetes en su propia casa. Las metodologías novedosas para enseñar a leer, ni son novedosas ni enseñan a leer. “Pura industria cultural”. Aprender a leer es lo mismo que aprender a contar historias. Es construir sobre lo leído una versión propia. Transcribirla en el papel o a través de las palabras y aprender a ver en la superficie los elementos de la profundidad. Es desarrollar la habilidad de comunicar las ideas para mejorar la calidad de vida al tiempo que se mejora y se enriquece el lenguaje y la ortografía. Enseñar a pensar comienza con el enseñar a escribir. El fin principal de esta faena  es no depender de la fuerza bruta de los hechos, frente a la debilidad insana de las razones. Está bien que vivamos en un siglo de avances tecnológicos que superan cualquier expectativa y en los que los jóvenes de hoy son expertos en el arte de manipularlos. Es solo que debemos escudriñar en los métodos de aprendizaje para mejorar la interacción familiar y social, pues dadas las características de los nuevos sistemas pedagógicos, la consecuencia inmediata es el aislamiento y el empobrecimiento de la vida emocional. 

 

Para cumplir con esta tarea se precisan cambios en el nivel de la consciencia del maestro, del guía, del educador. No simplemente cambios curriculares, sino cambios en el nivel de humanidad; cambios en las relaciones docente-dicente, que prevengan los excesos de vulnerabilidad cuyos resultados saltan a la vista: pequeños genios analfabetas con el lastre de la indiferencia haciéndoles sombra, capaces de resolver problemas en la interacción con los aparatos pero indefensos frente a los verdaderos problemas de la vida. 

 

Se precisan además cambios en la comprensión de los roles que ahora cumple la familia en la cooperación con la escuela o la universidad. La unión de las fuerzas alcanzará los objetivos más pronto que unos y otros separados por los criterios y los perjuicios. 

 

Lograr que el país cambie es por principio lograr encaminar a la juventud, para que le preste un servicio a la sociedad mañana y no para que la sociedad los encuentre fuera de orden. Prevenir para el desarrollo del talento humano es una meritoria obligación de padres y maestros. Tal vez de esa manera se prevenga lo que para Leyva Durán es una constante preocupación. “Claro está, dice él, que quedan niños y jóvenes que van bien, aunque cada día estos son menos. Lo triste del cuadro es que no se ve que se estén tomando las medidas proporcionales a las dimensiones y gravedad del mal. Pareciera que como las consecuencias de una generación perdida de niños y jóvenes solo se ve diez o veinte años después, el tema se puede”poner en el refrigerador” indefinidamente”. Pero el refrigerador ha estallado varias veces ya con otras generaciones confundidas y víctimas también del mal que engendró la sociedad décadas atrás. Los hechos hablan por si mismos: aumentó el número de drogadictos, los índices de suicidios crecen alarmantemente, la delincuencia infantil y juvenil compite con las bandas delincuenciales de viejos ladronzuelos desadaptados. La deshonestidad y la viveza se juntaron con la astucia y hoy nadie está seguro ni en las calles ni en las nubes.  Hoy la probabilidad de morir en la calle es una amenaza real; se mueven las personas esquivando las balas y los asaltos. Se mata a fuego, a hierro o a palos. Se raptan niños, se botan niños, se venden niños, se abortan niños, se violan niños, se descompone y hiede la especie. Hoy la honestidad es una virtud en extinción. Los honestos se están cuestionando todos los días si sirve de algo mantener esa conducta y sufren anticipando la respuesta. Hoy la gente lo piensa más aunque la mayoría de la gente no piense. La urgencia de sobresalir al precio que sea tienta a los más jóvenes, a los más viejos, a todos. Quienes desean alcanzar las estrellas hunden sus pies en el lodo más espeso sin inmutarse.... No hay duda de que existe esta situación en el país, en el mundo. Pero tampoco hay duda de que poco o nada se está haciendo para remediar el problema, simplemente el problema ya está y tiene su propia dinámica. Absorbió todos los estamentos y permeó la familia que,  víctima también de los vientos del cambio, se ha venido desmoronando como un castillo de arena azotado por la agresividad de las olas de un mar cuya naturaleza primordial es la ignorancia... “La verdad, contraataca Leyva Durán, es que “el país que les estamos dejando a los jóvenes es el resultado, en gran medida, de la mediocridad de la educación que nosotros mismos recibimos. En mi época pasábamos las materias y los años con promedios de tres. La meta de muchos era el tres. Hoy, nuestra pobre Colombia es un país de TRES en todo: política, industria, comercio, valores, deportes, infraestructuras. Claro está que aún hay personajes, actividades y empresas de cinco. 

 

__¿En qué consistirá  el problema, y desde cuándo nos enfrentamos a él? se me ocurre interrogar a Leyva Durán?

 

__ “El problema radica en que la educación ha sido la cenicienta de políticos, ideólogos, negociantes... quién sabe desde cuándo. Y no me refiero a esos MAESTROS que le han dedicado su vida a su vocación a pesar de sus sueldos ridículos”.

 

Por lo visto, digo yo, el panorama no es bueno y la esperanza de resolver problemas queda relegado a la escuela que no a la familia pues esta delega esa responsabilidad en quienes sostienen que podrán educar a los hijos de forma adecuada para una vida feliz...  pero para que ello ocurra, es imperioso elevar los niveles de exigencia con miras a encontrar calidad en la formación académica. ¿Cómo lograrlo?, interrogo de nuevo.

 

__La excelencia académica como propósito nacional, el forjar una libertad económica, la madurez intelectual, social y moral, la formación de lideres íntegros y magnánimos, una cultura de trabajo, de competitividad y de previsión... no se ven por ningún lado en las propuestas curriculares del Ministerio de Educación, hace muchísimos años.

  

4.  Solo hay dos cosas las excusas y los resultados y las primeras no cuentan

 

De cualquier modo en esta sociedad que hemos construidos con mendrugos de mentiras, las excusas abundan por todas partes, y eso demuestra el nivel de desarrollo que hemos alcanzado en un mundo que se dirige a contra vía de donde nosotros creemos estar dirigiéndonos. 

 

 “Si no enseñamos ni aprendemos, no podemos estar despiertos ni estar vivos. Aprender no es solamente algo semejante a la salud, sino que es la salud misma”. Vistas las cosas en esta perspectiva, nuestro problema de educación es un problema de salud pública. Solo hay que mirar alrededor para hallarse sumido en un océano de mediocridad en cuya superficie se contamina el espíritu de los tiempos. Mundo rarificado por el predominio de las imágenes; imágenes vacías que construyen el enorme abismo entre la necesidad de ser y la imposibilidad de lograrlo. Vivir la vida por pedacitos, puede ser “una aventura decisiva”, pero en todo caso no supera la restricción del vivir sin esperanzas. Para que los objetivos de la educación cambien es preciso que cambie la interpretación de la realidad social de la juventud que marcha a paso lento porque no es necesario ir un tanto más rápido. Salvo unos pocos, los jóvenes de hoy, carecen de proyecciones legítimas. Asumen la vida sin entusiasmo. Van porque ir es la moda pero desconocen su destino. Y la incertidumbre de sus vidas es solo confusión que aturde y socava sus verdaderas capacidades, sus talentos. La educación por su parte no resuelve ninguno de sus problemas inmediatos, como son el amor y la seguridad familiar. “Si el propósito de la educación es conseguir que la sociedad cambie, es importante no empujarla ni tirar de ella, sino simplemente caminar a su lado”.

 

5. Si la vida es lo que hacemos y lo que hacemos está mal, la vida entonces es un fraude

 

El estilo cognitivo del siglo es vive ahora, el presente es lo que importa. El mañana pasó ayer y por tanto es estúpido planearlo. 

 

“Si la vida es sexo, drogas, rechazo, búsqueda del que busca, la vida cobra sentido en la medida en que pierde inspiración”. Esa declaración se la escuché decir a un muchacho que pretendía entender el mundo huyendo de él. Estaba en una institución donde recibía tratamiento por su dependencia a las drogas, al alcoholismo y no sé a cuántos vicios más. Pero esa “búsqueda del que busca” se orienta por mal camino. No son las drogas, ni el sexo, ni lo que rodee a los jóvenes de hoy: los amigos y los enemigos, la guerra y la paz: es la falta de afecto, la crisis de la educación no es de la educación, es una crisis de amor. La crisis del siglo no es una crisis política, es una crisis de amor. La guerra es la demostración fehaciente de que no hay paz interior y mientras esto no ocurra alguien matará a alguien que quería matar a otro para encontrarse a si mismo en medio de la incertidumbre de la soledad. 

 

Así las cosas, no es necesario buscar responsables en la escuela, ni en la universidad, ni en las oficinas donde se pule con total armonía el odio a los semejantes, es preciso buscarlo en el corazón de cada cual, es atribuirle a la imaginación la posibilidad de hallar una respuesta al conflicto del planeta. Es abrumador encontrarnos con que una gran parte de la población trabaja para enriquecer los  abdómenes prominentes de quienes se preocupan por envilecer el trabajo de los muertos de hambre. Hay que ver con cuanta profusión aumenta el desempleo. Hay que mirar de frente la curva que indica la magnitud del hecho entre los que delinquen para sobrevivir. Y los que se educan para delinquir… 

 

 

 

 


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